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Mi marido es oficial de la Armada Española. Ingresó en la Escuela Naval Militar con la ley del 89, y tras unas duras oposiciones y cinco años de «cautiverio» obtuvo el empleo de alférez de Navío. La carrera militar estaba regulada por un sistema de ascensos por antigüedad en el que, tras años de experiencia y superar los cursos preceptivos, se obtenían los distintos grados hasta capitán de Navío. Durante diecinueve años ha servido a la Marina, embarcando durante diez, asumiendo sacrificios personales y familiares que consideraba recompensados. Con la nueva ley, la Administración decide por sí sola cambiar las condiciones, defraudando expectativas de casi veinte años. Ahora los ascensos a partir del segundo empleo son por clasificación. Ello implica que no es seguro ascender, ya que el número de seleccionados debe ser mayor que el de las vacantes. Militares con más antigüedad pueden ser adelantados por otros o no obtener nunca el ascenso. Además, no superar las evaluaciones puede suponer el pase a la reserva o al retiro forzoso, lo que podría ocurrir a una edad bastante temprana. Lo verdaderamente grave es que los criterios de clasificación son designaciones a dedo, al depender fundamentalmente de informes personales que básicamente son apreciaciones subjetivas del Mando y que no generan responsabilidad. Aunque ya existían con anterioridad, hasta la entrada en vigor de la nueva ley sólo impedían alcanzar el grado de oficiales generales; ahora, la «aplicación progresiva» acaba de suponerle perder cerca de cuarenta puestos en el escalafón, cuando hace sólo cuatro meses habría ascendido al haber superado la evaluación, según la ley anterior. Imagínese lo que supone para mí contemplar esta frustración, especialmente cuando yo misma decidí abandonar mi carrera profesional y mi trabajo para acompañarle en su destino.
Los militares son un colectivo débil, sin posibilidad de asociarse,ni manifestarse o convocar una huelga. La mayoría de ellos nunca lo han echado de menos, pero ahora sienten que por ello se han atrevido a hacer lo que no se atreverían a hacer con otros, ya que su única representación son los mandos superiores que, por desgracia, carecen de la sensibilidad y de la preocupación suficientes. Se está produciendo un abuso sobre los militares y su propia condición les está produciendo absoluta indefensión.
Elena Medina Camacho
El Puerto de Santa María (Cádiz)
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