
Su familia
Discretos, discretísimos, y con una serenidad admirable, la madre y los hermanos de Álvaro no quieren hablar con la prensa. Impresionados con el impacto social que causó el terrible asesinato de Álvaro prefieren mantenerse al margen de los medios de comunicación. Lo entendemos y, por supuesto, lo respetamos. «Es una familia ejemplar», dice Jaime. «Se apoyan muchísimo entre ellos y poco a poco van mejorando. Beatriz, la madre es de diez, es alucinante; Antonio, el hermano mayor, al que Álvaro admiraba profundamente y quería copiar en todo, es el que da fuerza a todos; y Bea, la pequeña, tan parecida a Álvaro». Todas las semanas van a su casa a verlos. «Nos ayuda mucho y nos encanta estar juntos. Hemos aprendido a cuidarnos entre todos».
Hoy hace un año que asesinaron, reventaron, a Álvaro Ussía. Un año. Justo. Ni un día más ni un día menos. Eso sí, era sábado. El típico día de la semana en el que los jóvenes salen a divertirse. A estar con sus amigos, a tomar copas -sí, tomar copas, como hemos hecho todos-, a ligar. A lo que sea. Tienen todo el derecho del mundo. Un sábado más. Un maldito sábado, en este caso. Porque Álvaro, con tan solo dieciocho años, encontró la muerte ese día porque sí, de forma gratuita, sin venir a cuento. ¿Se acuerdan ustedes de lo que pasó? ¿Recuerdan quien era este chico? ¿Por qué murió? A lo mejor sí y a lo mejor no. Normal. Porque cuando algo horrible sucede, el impacto inmediato es total pero, si no nos toca de forma directa, olvidamos. Es ley de vida. Los que no olvidan, nunca, son los que lo sufren de verdad. Su familia, sus amigos, como Jaime y Ameno, sus íntimos, que hoy están junto a nosotros para recordar a Álvaro y hacer un llamamiento a la sociedad: la violencia en la noche sigue y a cualquiera nos puede tocar. Pero vamos por partes.
Para los que no lo recuerden Álvaro Ussía, dieciocho años, estudiante de segundo de bachillerato, fue brutalmente asesinado en la discoteca El Balcón de Rosales de Madrid. Un «puertas», repugnante, le destrozó a golpes, le reventó el corazón, partiéndoselo literalmente, con las rodillas. Le pateó la cabeza, la espalda y el estómago antes de recibir el golpe mortal. ¿Por qué? Porque sí, porque le dio la gana. Al parecer una discusión absurda, como tantas otras, fue el detonante de tan salvaje respuesta. «Fue horrible, cuando nos llamaron para contárnoslo no nos lo podíamos creer», indica Jaime que desde el principio de la entrevista no para de llorar. «Ha sido un año durísimo, te cuesta encajar un golpe tan brutal y sólo gracias a la ayuda de tu familia, los amigos y la propia familia de Álvaro hemos salido adelante. Nos hemos unido muchísimo y nunca nos sentimos solos». Ameno coincide con Jaime. «Es muy difícil y te acuerdas todos los días de él pero entre todos nos ayudamos. Lo que está claro es que jamás lo aceptas. Te resignas, simplemente, porque te ha venido así. No puedes hacer nada». Lo peor es la impotencia, dicen ambos. Y se quedan en silencio. Silencio total. Les cuesta hablar.
Siempre contigo
Generoso, simpático, el mejor de los amigos, alegre, ligón, con mucha fuerza de voluntad. «Todo lo que se proponía lo conseguía y siempre estaba ahí para ayudarte en los momentos malos, compartir los buenos y hacerte disfrutar de cada momento de la vida», continúa Ameno. Además, era super deportista. «Dejó de fumar y estaba todo el día organizando partidos de pádel. Le apasionaba el fútbol, el Real Madrid, y si su equipo perdía le amargaba la tarde. Imagínate como hubiera encajado lo del Alcorcón, se hubiera cogido un rebote...». Por fin sonríen. «Nos acordamos permanentemente de él, cuando hacemos planes y pensamos lo que haría o diría Álvaro en ese momento». Y para sentirse más cerca de él se reúnen todas las tardes en la roca de granito que el ayuntamiento de Madrid puso, en memoria de Álvaro y a petición de sus amigos, en el parque de la Avenida de Valdemarín, un lugar emblemático para todos ellos. Jaime se ha convertido en el «guardián» de esta roca y se ocupa de mantenerla limpia y si puede ser con flores. Y todos los meses, cada día quince, acuden junto a Antonio, el hermano mayor de Álvaro, y el resto de sus amigos al cementerio para estar un poquito más cerca de él. En las pantallas de sus móviles una frase, «siempre contigo». Está claro.
La conversación continúa. Nos hablan de la rabia que todavía sienten y del deseo de que se haga justicia. «Queremos que el asesino pase el resto de sus días en la cárcel, acordándose de Álvaro tanto como nos acordamos nosotros de él». Y cuentan que no han vuelto al Balcón de Rosales y que, durante meses, no salieron por las noches. «Hasta que nos negamos a seguir así. Estos innombrables, -los «puertas»- no nos iban a quitar las ganas de salir, de divertirnos, no iban a fastidiar más nuestras vidas. La sociedad es la que les tiene que castigar y obligar a que cumplan su condena», dice Jaime. A la pregunta de que si han notado algún cambio en las discotecas por las noches, que si hay menos violencia, responden con rotundidad. «Para nada, todo sigue igual. Los porteros, a pesar de la nueva ley que les obliga a pasar unas pruebas, siguen siendo los dueños, hacen lo que quieren, son violentos, chulos. Sigue el mismo rollo». Qué tristeza. «¿Sabes lo que nos gustaría decir? Que hay que tener mucho cuidado, evitar cualquier problema, sobre todo con los porteros de las discotecas, y ser conscientes de que cualquier día, aunque suene muy duro decirlo, te puede tocar a ti». Queda escrito. Y es verdad. El tiempo pasa y la gente se olvida. Hechos tan brutales pasan a ser una anécdota en el día a día del resto de los mortales y la sociedad no se conciencia. Demasiada violencia. «Pero que quede claro que no es sólo por Álvaro. Es por todos los asesinatos que se producen, salvajemente, y quedan rápidamente en el olvido. Nosotros conseguimos reunir el año pasado a cientos de jóvenes. Fue impresionante. Pero si hoy tuviéramos que hacerlo seguro que sólo nos acompañarían unos cuantos». La realidad manda y estos dos jóvenes lo tienen claro. Las cosas no cambian. Sus vidas, la de la familia de Álvaro, sí. Están mutiladas. Para siempre. Pero que nadie pierda la esperanza. Gracias a Ameno y a Jaime. Los que nunca fallan. Por estar aquí, por mantener vivo el recuerdo, por tenerlo claro. Sólo se muere lo que se olvida.



