
Andreas Krieger
El récord más antiguo del atletismo pertenece a una checa con aspecto de hombre. Han pasado 26 años y nadie en el mundo ha parado el crono en esos 1:53.28 que Jarmila Kratochvilova invirtió en sus 800 metros. Ha transcurrido algo menos (20 años) desde que el planeta presenció algo inconcebible para los ojos y mentes de la época: la caída del Muro de Berlín. Desde entonces, los antiguos pobladores del Telón de Acero que asombraban con marcas y proezas sin igual han desaparecido. Ya no hay deporte de Estado en el antiguo imperio comunista. Sólo China, con su cantera de 1.330 millones de habitantes y su régimen totalitario, permanece en lo alto del podio.
Las prácticas propagandísticas de un modo de vida finalmente caduco se retrataron a través del deporte. Nada mejor que el triunfo en unos Juegos, en unos Mundiales, como instrumento de exaltación patriótica. Los deportistas del Telón apenas competían lejos de la órbita soviética. Pero llegaban la cita olímpica o un campeonato del mundo y ahí estaban, en primera línea. Las gimnastas no crecían, las atletas y nadadoras se quedaban embarazadas y luego abortaban para aprovechar el cambio hormonal, y el dopaje desde los laboratorios era parte de la dieta, como los hidratos de carbono o la fruta.
La línea ideológica, el veto o no a unos Juegos, provenía del Kremlin en Moscú, pero fue en Berlín donde cristalizó el presunto éxito. Manfred Ewald, miembro del partido nazi, ministro de deportes de la Alemania Democrática durante 27 años, edificó una sólida estructura que funcionó durante décadas. Se apoyó en el doctor Manfred Hoeppner, un antiguo mando de la policía secreta, la Stasi.
Ambos fueron los artífices del poderío de ese país que vestía camiseta azul marino y pantalón blanco. La RDA. A través del dopaje y de técnicas que, según determinados gurús, aún hoy perduran como válidas para aumentar el rendimiento, sus atletas conquistaron títulos y gloria efímera.
Nacieron las «walkirias», nadadoras que devoraban récords en la piscina y echaron del podio a las americanas. Kristin Otto, Kornelia Ender, Barbara Krause, Ines Diers, Petra Schneider... Sus topes mundiales no han resistido al tiempo y a los bañadores mágicos. En el tartán, más de lo mismo. La política se impuso al deporte. La velocista Marita Koch y su ejército destronaron a las estadounidenses. Gladish, Rieger, Auerswald o Gohr fueron sonoros apellidos que se escucharon ligados al éxito en la década de los ochenta.
Y siempre, deportes en los que prevalece el físico. La velocidad o la resistencia. Pruebas en las que la hormona del crecimiento, las transfusiones sanguíneas o el turinabol -el anabolizante consumido de forma masiva en la RDA- pudieran hacer efecto. El Museo de Historia Alemana de Berlín muestra en sus vitrinas una caja de esteroides, en representación de una época oscura.
Hoy, Andreas Krieger es un hombre por inercia, aunque nació mujer. El consumo de esteroides y hormonas modificó su metabolismo y le dio aspecto de hombre. Era campeona de Europa de lanzamiento de peso, pero tuvo que cambiarse de sexo, obligado por la química y los experimentos de laboratorio.
Krieger declaró en el juicio que se siguió en 2000 contra los sacerdotes de la trampa, Ewald y Hoeppner. Y ambos fueron condenados por inducción a los daños intencionados que vivieron los deportistas de la RDA. Ewald murió en octubre de 2002 a los 76 años. En 2006 la empresa farmacéutica Jenapharm llegó a un acuerdo extrajudicial para indemnizar con calderilla (9.250 euros) a 184 atletas que participaron del programa de dopaje de estado.
Y desde hace un lustro, en Alemania se ha instaurado la medalla Heidi Krieger, que recompensa a las personas o instituciones del país que luchan contra la lacra del dopaje.



