Su credibilidad saltó «En mil pedazos» cuando la prensa desveló que en aquel primer libro se había inventado varios episodios supuestamente biográficos en su descenso al infierno de las drogas. La editorial llegó a devolver el precio del libro a los lectores que declararan sentirse estafados, pero el escándalo salió rentable. Mientras prepara «una continuación de la Biblia», James Frey (Cleveland, 1969) presenta en España «Una mañana radiante» (Mondadori), que como sus dos libros anteriores ha sido número uno en ventas en Estados Unidos.
—Su novela es una declaración de amor y odio a Los Ángeles. Recuerda a la famosa frase de «El tercer hombre», cuando Orson Welles compara la Italia de los Borgia con los siglos de paz improductiva de Suiza, que apenas nos legaron el reloj de cuco.
—L.A. es una de las grandes ciudades del mundo, pero no creo que nadie se la haya tomado nunca en serio. He tratado de escribir del mismo modo que hizo Joyce sobre Dublín o Hugo sobre París o Dickens sobre Londres o Tolstoi sobre San Petersburgo.
—Ambición no le falta.
—No quiero decir que yo esté en su liga, pero esa es la liga en la que yo trato de jugar. Cuando escribo un libro no veo por qué no puedo ser ambicioso. No hago esto para divertirme, lo hago porque quiero formar parte de la historia y tratar de escribir grandes libros que sean leídos a lo largo de mucho tiempo.
—No es usted el típico americano defensor de las armas.
—La cultura hacia las armas en Estados Unidos es absurda. En la mayor parte del país puedo entrar una tienda, cualquier día, y comprar cualquier arma que desee, salir a la calle y disparar a alguien. Es una locura. Las ciudades estadounidenses en general y en particular L.A. son zonas casi de guerra. El año pasado murió más gente allí por disparos de armas que en Afganistán. Es una situación muy jodida.
—¿Ha sido muy criticado por esta postura?
—A mí me critican prácticamente por todo. Por esto en concreto, no demasiado. Son una parte aceptada de nuestra sociedad. A nadie le importa un pimiento el debate.
—Usted ha sido guionista, productor, director de cine y escritor de libros. ¿En algún campo duelen más las críticas?
—Ya no. De hecho, siempre las espero. A veces me encanta una mala crítica. Al principio sí me dolían. Mi primera película se estrenó cuando tenía 26 años y sabía que no era buena, pero me dolió oír a los demás decirlo. Con el tiempo, he aprendido a creer en lo que hago. Tengo una gran fe en mí.
—¿Le ayudó a superarlo la polémica con su primer libro?
—Cuando pensé en convertirme en escritor, los autores que más me gustaban eran precisamente los que más problemas tuvieron. En cierto modo, siempre busco generar este tipo de polémicas. He pasado por tantas cosas, adicción, fracaso, grandes polémicas públicas, la muete de un hijo..., que después de todo eso lo que la gente escriba de mí me da igual.
—¿Por esos sus personajes suelen ser tan desgraciados?
—Quizá si. Puedo escribir sobre el dolor porque lo he experimentado. La Literatura en mayúsculas evoca las emociones y para poder hacer eso es preciso haberlo sentido.
—Pinta L.A. casi como una ciudad maldita.
—Cada ciudad tiene grandes cosas bellas, otras que inspiran y cada una tiene grandes tragedias y horrores. En L.A. las cosas son quizás más extremas. Todo el mundo va allí con un sueño. Lo que ocurre es que la mayor parte de ellos se derrumban.
—¿Influye esa sensación de que puede llegar el apocalipsis, el «big one»?
—¿El terremoto? La verdad es que yo sí pienso en ello, aunque creo que el apocalipsis será algo provocado por el hombre. Todos leemos en los periódicos las mismas malas noticias. Creo que antes de que se hundan los océanos, L.A. saltará por los aires.
—En España acaban de estrenar la película «2012». No pude evitar acordarme de su novela.
—Yo escribo es de un apocalipsis personal,del apocalipsis del alma y del espíritu, el que experimenta la gente en su vida cotidiana. Creo que es mucho más interesante que escribir sobre cómo puede terminar el mundo.
—Entre los personajes de su novela, el más extremo quizá sea la estrella de cine, que lo tiene todo y sin embargo es uno de los más desgraciados.
—Conozco a muchas personas famosas así. Es real. He trabajado en ese negocio durante muchos años y uno ve gente de dinero con mucha fama, mucha más de la que pueda tener cualquier otra persona en el mundo. Son personas que creen que si alcanzan la fama y el dinero su vida estará llena, pero cuando lo consiguen se dan cuenta de que no. Esa historia era la de una persona para la que el amor y la fama significa más que la felicidad o que ser uno mismo.
—Los personajes más humildes parecen tener más accesible la felicidad, como Esperanza.
—Ella estaba buscando algo en la vida que se puede encontrar. Hay un viejo dicho que dice que si a uno le importa el dinero el corazón nunca se llenará. A ella sólo le preocupa encontrarse a sí misma y encontrar el amor, dos cosas accesibles.
—Como autor de éxito, usted vivirá muchas de esas contradicciones internas
—Por supuesto. En muchos aspectos he conseguido todo lo que cualquiera puede desear en el mundo y en otros sigo queriendo más. Quiero vender más libros, quiero vender en lugares donde aún no lo he hecho. Desde que empecé a escribir siempre he dicho que mi objetivo era ser el escritor americano más importante e influyente de mi tiempo y a veces me pregunto por qué. ¿Qué me importa? Pero el caso es que así lo quiero.
—El libro contiene numerosos hechos y datos curiosos sobre Los Ángeles. ¿Son ciertos?
—Hay una frase al principio del libro que dice: «Nada de lo que se dice en este libro debe considerarse fiable».
—Parecía un chiste a partir de lo que había ocurrido con su primer libro.
—Y es un chiste. Es como decir: metéoslo por donde os quepa, con perdón. No voy a hacer lo que esperáis de mí. No voy a seguir vuestras normas ni satisfacer vuestras expectativas. Voy a seguir haciendo lo que la última vez me metió en líos. Para los datos me documenté a medida que iba escribiendo. Buscaba cosas y si no podía encontrar lo que quería, lo inventaba. Y si encontraba algo que me gustaba pero no se asustaba a mis deseos, lo modificaba.
—¿Eso se lo dice a los lectores, a la prensa, a los críticos...?
—A cualquiera que tenga problemas conmigo.
—¿Es comparable el mundillo editorial al cinematográfico o como se mueve mucho menos dinero eso lo cambia todo?
-Es mucho más cortés y sofisticado. También hay mercenarios, como en el cine, pero nunca lo admitirían. En el mundo del cine es casi una señal de honor. Cuanto más mercenario sea uno, más honorable es. A Hollywood le encanta la gente que arma líos.