Sábado
, 14-11-09
Europa necesita un presidente fuerte capaz de negociar con energía con Barack Obama y Hu Jintao, líderes planetarios de las grandes potencias que dominan la nueva escena mundial. Pero la UE lleva seis años buscando sin encontrar a su primer presidente, descartando, hasta hoy, a todas las grandes figuras que hubieran podido aspirar a asumir tal mandato, previsto por el difunto Tratado constitucional y confirmado por el Tratado de Lisboa finalmente ratificado.
Hasta hoy, los grandes Estados han «descuartizado» a sus mejores candidatos. Merkel no aceptaría un presidente socialdemócrata que fuese un antiguo rival íntimo. Sarkozy no aceptaría un presidente que eclipsara su liderazgo personal. Brown parece defender a Tony Blair, rechazado urbi et orbi.
Los Estados medianos son víctimas de rencillas cainitas internas. En España, los GAL siguen siendo una mancha para González. Y no es previsible que Zapatero apoye la candidatura de Aznar, defendida por el «Economist». Las llamaradas patrióticas polacas no suscitan un entusiasmo frenético en el resto de Europa. ¿Qué decir de una Italia caída de hinojos ante los escándalos del más internacional de sus líderes...?
Queda una patulea de respetables personalidades belgas, luxemburguesas, holandesas, incluso suecas. ¿Podrá un antiguo primer ministro de un país amenazado por las frondas nacionalistas, como Bélgica, negociar con Obama una nueva estrategia en Afganistán? ¿Se tomará en serio Pekín a un dirigente luxemburgués cuyo Estado es mucho más pequeño que una ciudad china como Shanghai...?
La elección de un presidente europeo frágil dejará a los grandes la libertad de navegar con rumbo propio por las procelosas aguas de la escena mundial. Y dará a los pequeños y medianos la ilusión de una «igualdad» inexistente, ficticia e insignificante.