
Sin capa y sin poderes sobrenaturales, Jorge Vicente Sánchez, de 25 años, salvó la vida a una joven de 21 años de las manos de su ex pareja, un marroquí de tan solo 18 años. Ocurrió en la madrugada del pasado jueves, mientras paseaba con su perro, Martín. Jorge Vicente se ha convertido en el héroe del barrio, pero su proeza le ha costado la perforación del pulmón izquierdo tras recibir un navajazo. Herido y desangrándose, llegó a pie hasta su casa. Ahora se recupera en el hospital Gregorio Marañón sin que se tema por su vida. Él no quiere hablar, pero sus padres narran a ABC lo que les dijo y sintió.
Como cada día, Jorge llegó a su casa de la calle Lira, donde vive con sus padres, después de su jornada de trabajo en una clínica dental. Siempre, antes de acostarse, baja al perro. «Es su rutina. Normalmente llama a algún amigo y bajan al animal juntos, pero el jueves lo hizo solo», cuenta Nori, la madre.
Ya en la calle, a escasos 100 metros de su casa, Jorge presenció una riña. Jorge cuenta que ve a un marroquí pegando a una chica. «Le daba golpes contra la pared». Sin pensarlo dos veces, Jorge ordena al agresor: «¡Deja a la chica!». En ese momento, el maltratador dirige su mirada a Jorge y «toma una actitud violenta». «¡Vete de aquí! Si quieres algo, ven a mí», le desafía el marroquí. Jorge no se achanta y vuelve a repetirle que deje a la víctima.
«Quería matar a la chica»
«Según nos dijo la Policía el maltratador quería matar a la chica. Al parecer era su ex novia», apunta Nori, aún nerviosa por lo ocurrido. La navaja que portaba el atacante, con la que al parecer amedrentó a la ex pareja, cambió de objetivo: Jorge. De repente, el marroquí hace un primer intento de herir al joven en el estómago. No le alcanza. Entonces, el can se pone a dos patas sobre el violento. «Es un perro faldero, nada agresivo, no le hizo nada. No sirvió de ayuda», aclara la progenitora.
El agresor volvió a lanzar otro navajazo, y ese sí dio en el blanco: el costado izquierdo de Jorge. Al parecer hubo otro más, pero volvió a errar.Después, el delincuente salió escopetado del lugar.
La agredida, que iba acompañada por una amiga, que también presenció lo ocurrido, pregunta a Jorge, preocupada, si se encuentra bien. Jorge asiente, pero en cuestión de segundos nota «calor en la espalda y humedad». Se toca y ve la sangre. La joven observa que la sudadera de Jorge comienza a teñirse de rojo. Asustado, el herido emprende a toda prisa el rumbo hacia su casa.
«No podía respirar»
Nori siempre espera a que Jorge regrese de pasear al perro. «No me acuesto hasta que no vuelve, si no, no me quedo tranquila», asegura la madre. Pedro, el padre, estaba durmiendo y Nori se encontraba en otro punto de la casa cuando escuchó a su hijo entrar y decir: «Mamá, me han apuñalado. Llama a la ambulancia».
Nori se dirigió hasta su hijo, quien dejaba un reguero de sangre a su paso. «Tenía la sudadera empapada de sangre, el suelo también. Todo estaba manchado: el ascensor, el portal... Todo», dice mientras arranca en lágrimas.
«No puedo respirar. No me siento las piernas», advirtió a su madre. Nori, tomó rápidamente una toalla y unas gasas. «Mi obsesión era taponarle la herida para que no se desangrara», narra aún acongojada. «Hubo un momento -continúa- en que se quedó amarillo. Me dijo que no le entraba el aire. Pensaba que se moría», vuelve a sollozar.
Tanto sus amigos como su familia saben que ha salvado una vida que le podía haber salido cara. No le reprenden por haber mediado, «sabemos que es así y volverá a hacerlo», manifiestan casi al unísono sus amigos en su visita al hospital. «Es muy valiente, no va a cambiar», apunta su padre. Nori, resignada con el proceder de su hijo, cuenta que le ha aconsejado que la próxima vez «antes de actuar, avise a la Policía».
Jorge reposa en una habitación del hospital. Le duele el pulmón cuando tose, pero «está fuera de peligro», como informó Eduardo Junco, director médico del Gregorio Marañón. No quiere revivir la hazaña ni quiere ser conocido en los medios. Una acción más para quitarse el sombrero.



