Bajo un fuerte dispositivo de seguridad formado por 16.000 policías, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, llegó ayer a Japón en la escala inicial de su primer viaje al Lejano Oriente, que le lleva hoy a Singapur para participar en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) y luego a China y Corea del Sur.
En otros tiempos, el paso de un dirigente estadounidense por Tokio habría supuesto un camino de rosas, ya que el imperio del Sol Naciente ha sido el aliado más fiel de Washington en Asia desde su derrota en la Segunda Guerra Mundial y una base estratégica para controlar el ascenso de China y la amenaza de Corea del Norte. Pero eso era antes de que, el pasado agosto, subiera al poder el socialdemócrata Yukio Hatoyama, quien acabó con medio siglo de hegemonía conservadora y se ha propuesto revisar la tradicional subordinación nipona a la Casa Blanca para centrar sus relaciones diplomáticas en los países vecinos.
La «piedra angular»
«Le he dicho a Obama que la alianza entre EE.UU. y Japón es la piedra angular de todo pero, dados los tiempos que cambian y el escenario global, me gustaría profundizar en dicha relación y crear una nueva unión que sea constructiva y tenga futuro», explicó Hatoyama tras reunirse con el presidente de EE.UU.
En su deseo de gozar de unos lazos diplomáticos de «igual a igual» entre ambos países, el primer ministro Hatoyama pondrá fin a la ayuda logística que los barcos japoneses prestan en el Océano Indico a EE.UU. para la guerra de Afganistán. A cambio, Tokio ha prometido fondos por valor de 5.000 millones de dólares, pero las verdaderas discrepancias giran en torno al cierre de la controvertida base americana de Okinawa.
Obama ha dejado esperando a Hiroshima y Nagasaki. Ambas ciudades quedaron arrasadas por las bombas atómicas americanas que sellaron la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial (1939-45), y habían reclamado su visita. En su condición de firme defensor de «un mundo sin armas nucleares», la invitación al premio Nobel de la Paz estaba llena de simbolismo porque habría sido el primer presidente de EE.UU. en pisar ambos lugares.
Pero su apretada agenda en Asia le ha librado de tan incómodo trance. Al menos de momento, porque ayer dejó la puerta abierta a una visita en el futuro al asegurar que su presencia en Hiroshima y Nagasaki «estaría justificada». En una reciente entrevista dijo que «sería un honor tener la oportunidad de visitar ambos lugares en algún momento de mi presidencia».


