
Colette y Jean-Claude Rabaté, tras la entrevista con ABC | IGNACIO GIL
En «Miguel de Unamuno. Biografía» (Taurus), Colette y Jean-Claude Rabaté han encerrado al titán en 812 páginas. Ardua y gigantesca empresa, adentrándose en una vida de luchas contra esto y aquello, en busca incesante y dialéctica de su verdad, de crisis permanentes, de combates interiores, de dudas y certidumbres. Unamuno vivió íntima y públicamente el destino y la política española durante más de medio siglo, arremetió contra tirios y troyanos, fue desterrado y nadie jamás pudo callarle, salvo un cruel brasero el último día de 1936... Unamuno, político frustrado, aborrecía a los profesionales de la cosa pública. Se presentó a las Generales, salió diputado y fue a las Cortes representando al Partido Socialista. Escribió innúmeros artículos anónimos para «La lucha de clases», de Bilbao. Pero, con la crisis religiosa, abandonó el socialismo.
Crítico de la Enseñanza
Colette y Jean-Claude Rabaté incorporan abundante material inédito de Unamuno a su magna biografía. Como las casi doscientos cartas que el hijo mayor les entregó hace dos años totalmente inéditas «para que nos acercáramos al Unamuno más humano y auténtico». Porque «Unamuno no tiene buena imagen en España», denuncian sus biógrafos; la tiene mejor en América Latina. ¿Por qué? «Tal vez por su carácter hosco, huraño, ególatra y por los cuarenta años de Historias de la Literatura que insisten en presentarlo siempre atormentado por problemas de Dios, del más allá...» No es una obra de vulgarización, descarta Jean-Claude: «Siempre citamos nuestras fuentes. La primera biografía la escribió Emilio Salcedo de oídas hace cuarenta y cinco años. Desde aquella época hay fuentes nuevas». Unamuno recibió más de veinte mil cartas, sobre todo de sus corresponsales iberoamericanos. Sólo en Argentina tenía 300: políticos, profesores... Se carteó con Rubén Darío y descubrió la literatura hispanoamericana. El «Martín Fierro» lo recitaba de memoria. En España fue víctima de una leyenda de hombre contradictorio, que cambiaba de opinión: «Las Historias de la Literatura -apostilla Colette- le quitaron a Unamuno su dimensión humana y política para sólo comentar sus obras filosóficas, que son difíciles de entender». Fue un viajero impenitente, de corazón andariego y amante del tren. Dibujaba de perfil a la gente.
Contra la fe del carbonero
Unamuno nunca se desligó de su visión crítica de la Enseñanza, «de los jesuitas sobre todo. Decía que enseñaban mal y que, cuando él fuera padre, instruiría a sus hijos». Como predicador laico, Unamuno quería «descatolizar España para mejor cristianizarla». En Salamanca les daba a leer a los curas libros protestantes. «¡Así que era el diablo para ellos! -señalan-. Una especie de ¡hereje! El obispo Cámara soñó con la destitución de Unamuno y se lo pidió a Antonio Maura. Afortunadamente para Unamuno, Cámara murió en 1905. ¡Eran dos gallos en el mismo corral!».
Miguel de Unamuno escribió más de cuatro mil artículos, y «en los juegos florales, que él despreciaba, aprovechaba para ajustar cuentas con el clero. Decía que a través de las mujeres se transmitía algo que aborrecía Unamuno: la fe del carbonero, una fe rutinaria. Nunca comulgó de mayor, ni fue a los actos oficiales», abunda Colette Rabaté. ¿Su evolución política? «Complicada», responden los Rabaté. Unamuno proclamaba: «Si mañana se forma un partido unamuniano me daría de baja inmediatamente».
Mientras la España de su corazón «se está ensagrentando, desangrando, arruinando, envenenando» por la incivil guerra, para Unamuno los culpables no sólo son «las bandas de forajidos -criminales vulgares, ex presidiarios, locos de atar, salvajes, ex hombre...- que se dicen comunistas, sindicalistas, anarquistas y carecen de ideologías, sino los del otro bando. En cuanto a Franco, no acaudilla nada en esto de la represión, del salvaje terror de retaguardia. Deja hacer. Esto corre a cargo de un monstruo de perversidad, ponzoñoso y rencoroso, ve-sánico: el general Mola».
La Nochevieja de 1936 hace frío y la nieve se ha helado sobre las calles de Salamanca. Después de jugar con Miguelín y de leerle cuentos infantiles, Unamuno recibe por la tarde la visita de un ex estudiante suyo, Bartolomé Aragón, quien le pregunta por su salud. Don Miguel le responde que se halla «perfectamente bien». Se sientan frente a frente en una mesa camilla. Charlan sobre el porvenir de España. Unamuno agradece al joven que no haya venido con la camisa azul como la vez precedente, pero advierte que trae la insignia con el yugo y las flechas. De repente, el anciano Unamuno inclina la cabeza, se pone muy pálido y comienza a desprenderse un fuerte olor a chamusquina. Al intentar levantar las faldillas del brasero, Bartolomé Aragón ve que se quema una de las zapatillas de Unamuno y entiende enseguida que está sin conocimiento. Grita, llama a la criada y cuando acude el médico, Adolfo Núñez, compañero de tertulia del catedrático y ex rector, no puede hacer nada sino preparar el acta de defunción: «Falleció a las 4 de la tarde a consecuencia de hemorragia bulbar, causa fundamental arteriosclerosis e hipertensión arterial». Unamuno no fallece «soñando» como anheló en uno de sus últimos poemas.


