Viernes , 13-11-09
La Historia se repite. Cuando el director de cine Theo van Gogh fue asesinado en Ámsterdam, el 2-11-2004, la policía lo interpretó como un crimen común. A pesar de que su ejecutor, Mohamed Buyeri, tras ocho tiros, intentase decapitarle y dejara clavado en el cadáver una larga nota en la que se amenazaba de muerte a la colaboradora de van Gogh, Ayam Hirsi Ali, y a todos los judíos, con constantes referencias al islamismo y al grupo radical egipcio Takfir wal-Hijra. Fueron los holandeses de a pie quienes primero se dieron cuenta del ataque del yihadismo.
La semana pasada el oficial del ejército americano Nidal Malik Hasan disparaba contra sus compañeros de Fort Hood, asesinando a 13 e hiriendo a más de treinta. La primera explicación: un acto transitorio de locura; la segunda, la desesperación por la experiencia de combate en Irak. Vanos intentos, el militar era psiquiatra en sus cabales y del combate sólo conocía lo que le contaban sus pacientes, pues nunca había sido desplegado en el extranjero. Poco importó que estuviese ataviado con atuendo del mundo musulmán y que profiriera gritos de «Alá es grande» mientras apretaba el gatillo de sus pistolas.
Theo van Gogh fue asesinado por criticar al islam en su película «Sumisión». No sé qué buscaba Nidal Malik Hasan en su masacre. Pero ambos tienen una cosa en común: habían sido expuestos a las enseñanzas del yihadismo. En el caso del americano, el FBI ha descubierto que tenía conexiones con Anwar al Mawlaki, un reclutador de Al Qaida. Con todo, el presidente americano prefiere seguir hablando de acto irracional.
El mundo sigue entendiendo las guerras como grandes batallas y enormes ejércitos. Lo demás, parecen jueguecitos. Nadie recuerda que esto empezó cuando Bin Laden declaró obligación de todo musulmán combatir las fuerzas del mal, es decir, a nosotros.

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