Viernes
, 13-11-09
LA publicación del avance del crecimiento de la economía española en el tercer trimestre parece haber llenado de alegría al Gobierno. Y no hay razón alguna. El INE viene a certificar que en España la actividad económica caerá al menos un 4 por ciento este año y que el paro llegará al 20 por ciento. Pero si sirve para que el Ejecutivo abandone su negacionismo sobre las reformas estructurales, bienvenido sea. Es triste que haya hecho falta que CCOO alerte sobre la posibilidad real de que se destruyan más de 400.000 empleos este trimestre para que el Gobierno se plantee algo que estaba en la agenda hace meses: hacer compatible la percepción del seguro de desempleo con reducciones forzosas de la jornada laboral, y de los salarios, para salvar tejido empresarial, puestos de trabajo y sobre todo empleabilidad, porque nada deteriora más la capacidad de encontrar trabajo que períodos largos de paro. Es triste que haya hecho falta que la vicepresidenta económica tenga que aguantar un chaparón de críticas en el Consejo Europeo para que se empiece a reconocer que España tiene una bomba de relojería fiscal, que ya no es sólo provocada por sanidad y pensiones, sino que ha sido alimentada por un Estado de las Autonomías mal desarrollado y un Gobierno débil que ha ampliado gasto recurrente como si fuese rico. Eso es lo que ha venido a decir Almunia cuando se traducen las cortesías diplomáticas al lenguaje de los mortales. Quizá todo ha sido más sencillo y ha bastado con que las encuestas demuestren que la crisis de los populares no compensa el deterioro electoral del PSOE y que puede incluso que haya fortalecido a Rajoy al verse la oposición tan cerca del precipicio. O puede simplemente que el presidente Zapatero se haya dado cuenta de que necesitaba una cortina de humo con la que tapar las vergüenzas del «Alakrana», un ejemplo perfecto de la inanidad de la política exterior española cuando se renuncia explícitamente a una amenaza creíble que nos convierta en algo más que un país menor, por mucha octava potencia económica mundial que seamos.
Pero no es momento de juicio de intenciones, tiempo habrá en campaña. Creo que esta semana hemos asistido al primer acto de una retirada estratégica de las posiciones numantinas mantenidas en la gestión de la crisis económica. No se trata de lanzar las campanas al vuelo por la reforma laboral, pues queda por ver mucha letra pequeña en el anuncio oficial. Todavía puede convertirse en una cesión más a los sindicatos para fortalecer su posición institucional, arrogándoles una facultad negociadora en los ajustes en pequeñas y medianas empresas de la que ahora carecen por incomparecencia. También puede ser simplemente una nueva foto histórica, producto de la factoría de ilusiones mágicas de Moncloa, que se queda en nada. Pero esta vez estoy dispuesto a darles el beneficio de la duda. Aunque sólo sea porque llevo tiempo diciendo que habría reforma laboral y que la única pregunta relevante era cuántos parados tendríamos que soportar y por cuánto tiempo antes de que el Gobierno abandonase su cerrazón ideológica. Ojalá hayan sido suficientes y veamos una sincera búsqueda de entendimiento con patronal y oposición, que no son lo mismo, aunque lo diga el Gobierno. La economía española está estancada y nada hay en el horizonte que invite al optimismo. Necesita un shock de competitividad que sólo puede provenir de un amplio acuerdo social y político. Ni siquiera un optimista antropológico como Zapatero puede ser tan insensible a la realidad. Ojalá su barcelonismo incorregible le haya llevado sacar las conclusiones adecuadas al ver cómo la complacencia y la autosatisfacción hundían al Real Madrid ante el Alcorcón. Es posible perder por despreciar al contrario. De hecho, España está perdiendo por despreciar la crisis. Al presidente puede darle igual; a los españoles, no. Y me imagino que al PSOE tampoco.

