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Ahora se llama Sebastián Marroquín y sale del anonimato para protagonizar un documental donde se reconcilia con víctimas de su padre, el «narco» Pablo Escobar, quien fue uno de los hombres más ricos y el mayor asesino de la historia de Colombia
«Mi padre, Pablo Escobar»
Sebastián Marroquín, como hoy se llama el hijo del capo Pablo Escobar, en Buenos Aires.
«Yo soy el único vivo que puede pedir perdón por mi padre»
«Yo era la única persona viva que en nombre de mi padre podía pedir perdón por este daño causado. No como asumiendo la culpa pero sí la responsabilidad por ella \[…\]. Estoy exponiendo mi vida, mi tranquilidad, mi anonimato, mi libertad. Pero creo que el camino de la violencia no es el camino», se explica Sebastián Marroquín, como se hizo llamar el hijo de Pablo Escobar.
Ahora vive como arquitecto en Buenos Aires, donde llegó procedente de Mozambique a donde huyó la familia tras la muerte del capo colombiano. Sólo resistieron cuatro días.
«No he tenido hijos. Quería antes que nada poner punto final al karma que viene arrastrando mi familia. Así mi hijo podrá ir al parque sin temor de que las autoridades lo detengan por la historia de su abuelo», explica a ABC sobre las motivaciones que le han llevado a protagonizar el documental «Los pecados de mi padre».
Marroquín también guarda halagos hacia su padre: «Gracias a él también soy la persona que soy. Me inculcó grandes valores. Mi papá hizo todo por mantenernos lejos de su negocio».
A veces uno cree haber olvidado. Es sábado, mediodía, y al otro lado de la línea tengo a Sebastián Marroquín, como hoy se llama el hijo del capo Pablo Escobar. Los años 80 regresan con sus coches-bomba, el silencio después, la pregunta de quién habrá muerto, las ambulancias, el salir por las noches y no saber si se regresaba vivo. Escobar para los colombianos es parte de la historia. Y la historia siempre vuelve.
Desde que el líder del cartel de Medellín murió acribillado a balas sobre un tejado en 1993, nada se había vuelto a saber de su familia, de sus rastros. En Medellín está enterrado, hay museos con algunas de sus pertenencias, la Hacienda Nápoles -con sus hipopótamos y su exótico zoológico- es hoy destino turístico.
«Contemplé el suicidio»
Por eso cuando la semana pasada medios colombianos publicaron las fotos de Marroquín, tan igual a su padre, caminando por Buenos Aires, contando que tiene 32 años, que es arquitecto, está casado con su novia de toda la vida, vive con su madre y su hermana de 25 años que, como él cambiaron de identidad para no seguir siendo parias en el mundo, las ediciones se agotaron. Los colombianos no habían leído la otra cara de la moneda Escobar.
«Cuando mi papá se murió -dice con su voz de hombre, susurrante- nos cerraron la totalidad de las puertas del planeta tierra», cuenta. El único sitio que los recibió entonces fue Maputo, la capital de Mozambique. «Sólo duramos cuatro días. No había comida. Contemplé la idea del suicidio porque no íbamos a salir de nuestros problemas». Hasta que llegaron a Argentina con visado de turistas en 1994 y allí se quedaron afrontando un pasado que les significó varios meses de cárcel pues les acusaron de lavado de dinero. Tras siete años de investigaciones, la Corte Suprema de Justicia argentina determinó que los otrora Escobar vivían con dinero legal. Pero las consecuencias ya eran evidentes. Manuela, la hija de Escobar, ha sufrido varios intentos de suicidio ante lo incomprensible que fue nacer en una cuna cruzada por las balas y el desasosiego.
El tiempo pasó y Marroquín, tan lúcido y sensato, dice que optó por hacer el documental «Los pecados de mi padre», no para lavar su imagen o explicar lo inexplicable. «Quise hacer algo positivo que ayudara a la sociedad colombiana. Quise mostrar los errores de andar envuelto en el tráfico de drogas».
La película, que se estrenará este mes en Mar del Plata muestra a Marroquín de regreso a Colombia para pedirle perdón a algunas víctimas notorias de su padre: como los hijos del ex candidato presidencial Luis Carlos Galán, asesinado en 1989 y los hijos del ex ministro de Justicia Rodrigo Lara, asesinado en 1984. Busca cerrar heridas.
Para el director de la película, el argentino Nicolás Entel, lo importante es promover la reconciliación en Colombia, la tierra de Escobar que sigue en su guerra contra las drogas. «Colombia es un país con ciclos de violencia que continúan de generación en generación», asegura a ABC.
No fue un asunto fácil pero lo que convenció a Marroquín fue hacer la historia a través de los hijos. «Sentí diez veces más miedo [viendo a los hijos de Galán] que estando escoltado por los matones del Cartel de Medellín aunque sabía que no me iban a agredir. Sentí una enorme responsabilidad con la familia Galán».
Carlos Fernando Galán, el más joven de los tres hijos de Galán, dice que una vez hablaron, se abrazaron, se entendieron, se perdonaron -escenas que se verán en la película-. Se le quitó un peso de encima. «Mi papá siempre nos dijo que las primeras víctimas de los traficantes de drogas eran ellos mismos y sus familias. Y eso fue lo que vi cuando conocí a Sebastián Marroquín. El fue una víctima y sufrió por ello. Creo que mi padre habría dicho que la reunión que tuvimos todos fue lo correcto».
No era Robin Hood
A juicio de quienes la han visto, «Los Pecados de mi padre», rompe un paradigma histórico en Colombia: que Escobar fue un Robin Hood, que ayudó a los más pobres.
«Marroquín sabe que su padre fue malo y él no quiere ser como su padre», le dijo a ABC Rodrigo Lara Restrepo, hijo del ex ministro Lara. «Que el hijo del más importante y violento traficante de drogas de todos los tiempos diga «hey, soy el hijo de Pablo Escobar. No sean como mi padre», es un mensaje importante para los colombianos».
Ahora Marroquín diseña edificios en Buenos Aires. «Es muy buen arquitecto», cuenta Entel. «Pero a veces puedes ver cómo el haber crecido al lado de Pablo Escobar determina ciertos gustos. Yo jamás hubiera pensado diseñar muebles para el interior de una piscina». Cuelgo el teléfono en paz. Oír a Marroquín es entender que el perdón es tal como él lo describe: perdonar es, en efecto, recordar sin dolor.
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