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Todo era susceptible de ser punible en el «paraíso» comunista de la RDA, incluso los chistes en los que la temida Stasi buscaba información: «La risa igualaba y era democracia por un instante»
Un régimen para morirse de risa
La guerra fría, sobre todo en torno al Muro, llegó a ser seria; ello hizo especialmente apreciados los chistes: los ministros esperaban para contárselos en el gabinete en Bonn, según informes de inteligencia de la época. Los propios espías los incluían en sus informes y eran a veces «lo más esperado». A diferencia, en el Este, morirse de risa era una posibilidad real.
En un duro fin de año en el Este circulaba que «el partido había cancelado este año la Navidad: parece que ni María encuentra pañales, ni está José, reclutado por la reserva antifascista, ni los Reyes Magos han logrado permiso de viaje».
Pero al socialismo no le sentaba nada bien el humor, explica Hubertus Knabe, experto de la Stasi y director del Memorial de los Presos Políticos: «El partido de la Unidad Socialista (SED) se tomaba demasiado en serio su papel dirigente del pensar del pueblo».
Estudio sobre bromas
En una sociedad cerrada, los chistes eran una válvula esperable. Servicios del Este (Stasi) y del Oeste (BDN) buscaban en ellos información, en la calle como en el control de la correspondencia o las escuchas. Lo más nimio se tomaba tan en serio que el veterano fotógrafo del Este, Harald Hauswald, halló después en la Stasi un estudio de 25 páginas sobre los ángulos, tonos y motivos de sus fotografías, dice Knabe.
Más allá del pánico desatado y lo macabro, el propio drama nuclear de Chernóbil produjo bromas como la que dudaba de un accidente: «Dicen que era un moderno programa soviético para hacer una radiografía masiva a toda la población».
Pero mientras Bonn reía, en Berlín podía «costar un buen susto, la pérdida de un empleo, un niño en el colegio podía verse impedido de estudiar; sus padres, llamados a comisaría», asegura Knabe imitando la frase fatídica del agente: «Tenemos un posible malentendido que necesitaríamos que nos aclarara ¡acompáñenos!».
El responsable hoy de la temida prisión de Hohenschönhausen dice que todo lo humano era ajeno, «porque iguala y la risa iguala, crea democracia por un instante». Rebaja el papel directriz de una ideología y unos líderes «al nivel de todos, por eso es defensa ante las dictaduras». Si el riesgo era alto, sobre ello mismo llegó a bromearse: «Hay quien hace chistes; quien los recopila y los cuenta; y quien recopila los nombres de quienes los cuentan».
Sobre la cerrazón de la vida entre las dos Alemanias, frente a otros regímenes, tanto el último jefe de gobierno de la RDA como el jefe de la cancillería de la RFA coinciden en señalar a este diario: «¡Es que aquí éramos el mismo país!» Por eso se estudiaba el sustrato social que conlleva el humor, como reflejo del ánimo de un pueblo, como revelan materiales reunidos por ambos servicios secretos durante décadas.
Sobre el coche de la RDA
Frente al Mercedes del Oeste, propiciado por el «milagro alemán», los paisanos del Este vivían con el «milagro» del Trabant. Era éste uno de los peores ejemplares de la historia del automóvil y, esperar encima por él 20 años, daba tiempo para bromas. Siendo de cartón, impedía atropellar a un agente, cosa muy apreciada en estos regímenes; y cuando se estropeaba se empujaba fácilmente. La broma ante un nuevo lanzamiento era: «¡Llega al mercado un nuevo Trabi con dos cilindros! También sirve de carretilla».
El propio racionamiento podía ser encarado con humor: «¿Vienen del mono también los alemanes del Este?» La respuesta era: «Imposible. No hay mono que pueda resistir comiendo sólo dos plátanos al año». El plátano se había convertido en símbolo de la escasez de fruta en el Este, y tan idolatrado que a la caída del Muro se acabaron en Berlín Oeste.
La mayor broma referida al Muro es naturalmente que, en un régimen burocratizado apersonal, el Muro cayera por una confusión con un documento; por lo menos la gente rio al final. No le va a la zaga la broma, aunque acabara trágicamente, de que se descubra ahora que la rebelión juvenil contra el estado en la Alemania occidental de los 60 y 70, fue provocada en realidad por un tiro... del agente Kurras de la Stasi. Sí debieron reírse los agentes, viendo a la juventud occidental clamando democracia, incluido el propio recurso a las armas de la Fracción del Ejército Rojo.
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