
Aguirre, tras regresar de Bombay, con unos calcetines que se han convertido en un símbolo y tras afirmar que había salido de allí «pisando charcos de sangre» / REUTERS
Viernes
, 06-11-09
Esperanza Aguirre tiene 57 años, mide 1,66 metros, pesa 63 kilos y ayer tenía una tensión de 13/8. No se desvela ningún dato íntimo que quisiera ocultar. Lo confesó ayer tras someterse a una prueba para controlar su salud cardiovascular. Los madrileños, de esta forma, ya conocen algo más de su presidenta. También saben desde hace poco que el carácter de Aguirre puede medirse por la altura de sus tacones.
Si lleva bailarinas puede estar atravesando un «momento Bambi», dulce y sereno en los que opta por no abrir la boca y callar lo que piensa. Es cuando se pone unos peep-toes cuando hay que pensar en practicar aquello del cuerpo a tierra.
El miércoles, por ejemplo, en la Ciudad Universitaria, llevaba zapato bajo y no hubo forma de sacarle una frase. «Hoy no hablo porque no llego a los micrófonos». Ayer, en el Parque de Berlín, calzaba un taconazo de once centímetros. ¿Resultado? Carga de profundidad contra Génova. En el 20 aniversario de la caída del muro soltó que éste «cayó de forma estrepitosa gracias a los que se enfrentaron a los que no confiaban en la fuerza de las ideas y el ansia de libertad de la gente».
Así es ella. Pisando fuerte. O, como a algunos les gusta recordar, con dos tacones por banda. En la memoria, los ataques de Bombay cuando tuvo que salir de allí «pisando charcos de sangre» y con unos calcetines que ya forman parte de la historia. Desde entonces procura no meterse en líos si no se sabe victoriosa.


