Publicado
Viernes
, 06-11-09 a las 09
:
28
A. WEINRICHTER
El cine de Ventura Pons ha sido todo un modelo de literatura llevada al cine en una industria regida por un concepto a veces decimonónico de la adaptación. Una vez más, «A la deriva» no parece en absoluto literaria, pese a ser la tercera incursión de Pons en el mundo del escritor Lluís-Antón Baulenas, tras «Amor idiota» y «Anita no pierde el tren», que no están entre sus mejores películas. Tampoco me lo parece ésta, aunque cumpla la regla que él mismo explica de tener muy claro el concepto narrativo previo para contar bien una historia. En el haber, la fluidez del encuadre y el trabajo sobre la repetición: concepto formal para explicar la historia de una mujer muy sola, que decide retirarse de la vida y aceptar un monótono trabajo de segurata nocturna en un lujoso centro de salud. En el haber también, el trabajo de María Molins, que aborda el personaje nada simpático de la protagonista, Anna, la mujer que «flota» a la deriva, y sabe dar carne a los tiempos muertos y a los desencuentros cotidianos que marcan su compás de espera vital. En el debe, la metáfora de África, que se reduce a un molesto por repetido leitmotif de imágenes desoladoras que sirven para «explicar» (¿para qué?) la anomia de Anna (quemada por su trabajo en una ONG). Y en el debe también: los personajes que rodean a la protagonista, empezando por el famoso que escribe que hace de escritor famoso (Boris Izaguirre). La película se contagia de la deriva de su protagonista y resulta un tanto desangelada.


