Jueves
, 05-11-09
Es lo que tienen los culebrones, como en definitiva se había convertido el caso Opel-Magna, que tienen un final más previsible de lo que parecía, que no es otro que al padre de la criatura se le abren los ojos y no ve un futuro cierto sin su vástago. Es lo que ha hecho General Motors al decidir con un golpe en la mesa que su futuro será mejor con el hijo europeo Opel. No comparto la opinión, más o menos generalizada, que he escuchado a lo largo del día de ayer, afirmando que GM ha adquirido una fortaleza que le permite no desprenderse de Opel. Creo, que más bien al contrario, que el nuevo consejero delegado de GM, Fritz Henderson, que nunca vio clara la operación, no contempla que su compañía pueda plantar cara a sus dos grandes competidores en Estados Unidos, Ford y Chrysler, sin la fuerza que puede proporcionar una marca en Europa.
Escrita está mi postura sobre la fuerza de Opel, el carisma de su marca, el valor de su equipo humano, la altura tecnológica de sus desarrollos, el atractivo de sus últimos diseños, léase Insignia y Astra, la eficiencia de sus plantas, con la española a la cabeza, y el entusiasmo de todos sus empleados. Ford acaba de presentar sus resultados, anunciando 1.000 millones de dólares de beneficio en el tercer trimestre del año, de los que una buena parte provienen de Europa. Las perspectivas de Chrysler, ahora con la dirección de Sergio Marchionne y el potencial de Fiat en la retaguardia, se presumen que serán también muy optimistas. Es evidente que el futuro de los nuevos modelos de los tres gigantes americanos pasan por el apoyo que pueden brindar sus filiales europeas, que cuentan con mecánicas y plataformas más adecuadas para hacer frente a la competencia asiática.

