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Actualizado Jueves , 05-11-09 a las 19 : 24
Historia acabada. Abdulá Abdulá dio ayer su última pataleta ante los medios de medio mundo que poco a poco empezamos a dejar Afganistán en busca de nuevas coberturas. Atrás quedan una locura de proceso electoral, jornadas de mucha violencia y días de tensión e incertidumbre. Tengo la sensación de dejar atrás el peor panorama que nunca he vivido en Afganistán desde que llevo trabajando en este país. La noticia de la evacuación de más de la mitad del personal de Naciones Unidas es el último síntoma de la enfermad terminal que sufre este país y que ocho años de medicina occidental no ha sido capaz de curar.

La ONU trasladará a unos 600 de sus cerca de 1.100 funcionarios internacionales, lo que supone un 12% de todo el personal. La decisión se produce menos de una semana después del asalto contra una guest house de la organización en el que murieron cinco de sus trabajadores. La misión de Naciones Unidas está pendiente también de la renovación de su mandato, un mandato político y parcial que le impide ser un mediador útil en el conflicto. En esta guerra hay dos bandos muy claros y la ONU ha tomado parte por uno de ellos. La consecuencia directa es que ocho años después es objetivo directo de la insurgencia. ¿Quién puede hacer ahora esa labor de mediación?
La comunidad internacional cierra filas en torno a un Karzai cuyo poder apenas traspasa los muros de su palacio. Un presidente sin ningún tipo de autoridad moral y ahora habla de luchas contra la corrupción y de tender la mano a los talibanes. Un presidente que en los últimos meses ha echado la culpa de todos los males del país a los mismos extranjeros que le convirtieron en lo que es y a los que necesita para seguir manteniendo esta fantasía democrática que no hay por donde cogerla.
Casa de la ONU atacada
Ahora llegará la investidura, con presencia de ministros extranjeros, la formación de gobierno y paripés varios para perpetuar en la cúpula del poder a los mismos que llevan ocho años llenándose los bolsillos sin pudor. Los afganos por un lado, y la comunidad internacional por otro. Juntos, pero no revueltos, bien separados por los muros de hormigón y coches blindados.
Esperaremos nuevas estrategias, planes de cambio de Obama, refuerzo de contingentes como el español… pequeñas gotas de agua que seguirán llenando el vaso de los despropósitos de la misión afgana. Ocho años después de llegar a este país el hombre blanco sigue sin remangarse los pantalones para poder caminar a pie de calle y mancharse sus zapatos en los charcos que estos días inundan Kabul. A todo el mundo se le llena la boca hablando de Afganistán, pero aquí nadie se sienta a comerse un kebab en un restaurante afgano. La distancia se ha ido agrandando y ya somos una especie de astronautas que, en la mayoría de casos, llegan, se forran y vuelan. Hasta que llegue un día que todos volemos, pero por los aires.
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