Miércoles
, 04-11-09
EN la política que soñamos, un noble ámbito de excelencia poblado de dirigentes capaces con altitud de miras, constituiría una ventaja relevante para cualquier partido la posibilidad de disponer de un elenco amplio de líderes competentes, preparados y con tirón electoral. En la política real, dominada por la mediocridad y la intriga, esa teórica variedad enriquecedora representa un problema orgánico porque crea pulsos de liderazgo y provoca que la rivalidad conspirativa consuma una enorme cantidad de energía creativa.
El centro-derecha español debería sentirse orgulloso de contar con activos tan valiosos como Rajoy, Esperanza Aguirre, Ruiz Gallardón, Camps, Rato, Cospedal o Feijoo, que garantizan un alto nivel de competencia para dirigir asuntos públicos y forman, junto con otros muchos, una alineación de mayor empaque que la débil nomenclatura socialista, adelgazada por Zapatero de cualquier elemento capaz de destacar por encima de su rasero insustancial. Sin embargo la convivencia de ese grupo tan notable se está revelando imposible por culpa de ambiciones privadas, antagonismos mutuos y celos perpetuos que desestabilizan el Partido Popular y lo sacuden bajo la sospecha permanente de la desconfianza.
La conclusión de este estado de crispación interna no suele apuntar al virus personalista sino a la debilidad del liderazgo de Rajoy, lo que equivale a sugerir que para apuntalar su jerarquía éste debería liquidar a todo el que descuelle a su sombra. En la lógica mezquina de la política resulta un razonamiento correcto, pero eso supone la descapitalización de un partido que necesita reunir todas sus fuerzas para alcanzar sus objetivos y que no puede permitirse la amputación de sus elementos con más peso específico. Muy mal funciona la actividad pública cuando tanta gente prefiere una organización mediocre pero cohesionada antes que otra brillante aunque más dispersa. Se diría que existe una cierta fascinación colectiva por el autoritarismo como estilo de dirigencia.
El drama del PP es la falta de una conciencia común de militancia y cooperación que la izquierda sí sabe imponerse a sí misma. El divisionismo cainita es un mal endémico de la derecha española, que se desangra en intrigas de personalismos atrincherados en búnkeres y camarillas; cuando ha superado esa enfermedad congénita -con Aznar- ha podido crear mayorías sociales. España es sociológicamente de centro izquierda y para ganar el Gobierno se necesita un proyecto de espectro muy amplio en el que lo único que sobran son las conjuras de salón y los desvaríos de grandeza. La permanente querella interna del Partido Popular no es tanto un problema de liderazgo como de fulanismo; no es un debate de autoridad, sino un conflicto de lealtades.

