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Miércoles , 04-11-09
Baby RB no puede respirar por sí mismo.
Los padres, separados, disienten sobre si mantenerlo con un respirador, o si retirarlo y dejar que fallezca, y han llevado el caso a los tribunales.
La situación se ha presentado en los medios, como suele suceder, con el único argumento de la pobre calidad de vida que tendrá el niño.
Éste es el alegato más débil. De hecho, la ética médica prescribe que los tratamientos a los pacientes deben proporcionar algún beneficio o utilidad; y que dicho beneficio no sea a costa de una molestia o gasto desproporcionado.
Quien juzga si la molestia es desproporcionada es, lógicamente, el paciente, pues hay mucha variación en la sensibilidad a las molestias y al dolor de los diversos pacientes.
En este caso, dicho juicio es imposible, pues se trata de un recién nacido. Y para colmo sus padres, que deberían juzgar por él, se muestran divididos.
En situaciones similares el conflicto suele resolverse recurriendo al concepto de «el mejor interés del paciente»: una visión prudente del problema que evalúa la situación de modo objetivo, intentando que se obtenga el mayor bien posible para el enfermo.
Si en lugar de este criterio la actuación se guía sólo por la pobre calidad de vida posterior a un posible tratamiento paliativo, que prolongaría la vida, todos los pacientes de enfermedades crónicas y debilitantes pueden temblar al pensar qué se hará con ellos cuando pierdan la consciencia.
El único argumento que puede llevar, con sensatez ética, a la retirada de la respiración ayudada es la poca efectividad. En este caso, sólo conseguiría prolongar poco tiempo la vida; y parte de la sabiduría médica consiste en no intervenir técnicamente cuando se ve que la vida se termina.
Prof. Humanidades
Biomédicas
Univ. Navarra
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