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Miércoles , 04-11-09
LA reunión del Comité Ejecutivo del PP sirvió ayer para lo que estaba previsto, como catarsis de un partido que ha vivido semanas de alta tensión interna y marco para la ratificación del liderazgo de Mariano Rajoy, pero también para comprobar los efectos perniciosos de no actuar a tiempo sobre los problemas. El resultado de este intento de reconducción de la situación se verá en los próximos días, cuando se compruebe si ha calado o no el llamamiento de Rajoy a la unidad y la lealtad con el proyecto político del PP. El presidente del PP puso de su parte lo que muchos dirigentes y la mayoría de los militantes le habían solicitado: que desautorizara las polémicas y los enfrentamientos producidos en Madrid. Y lo hizo, aunque la continuación del cruce de acusaciones induce a temer que los problemas no han terminado. Ahora bien, si de algo ha servido la crisis sufrida por el PP en las últimas semanas es para alumbrar al «otro» PP, a esa parte disciplinada, silenciosa y decisiva para sus aspiraciones que también gobierna con mayorías absolutas en Castilla-León, Galicia o Murcia o, como dijo Antonio Basagoiti, que se juega la vida por poco o nada cambio, salvo la defensa de unos ideales. Ese otro PP es el que ha deslegitimado de antemano esas polémicas estériles que, como dijo Rajoy, indignan, desconciertan y desaniman. Si es cierto que Rajoy no está dispuesto a permitir «ningún espectáculo más», entonces desde ayer tiene planteado un desafío de gran envergadura.
Son enfrentamientos que muy pocos secundan y menos entienden en el momento en que este partido tiene ante sí la responsabilidad de ganar las próximas elecciones y ponerse al frente del Gobierno de España. Este objetivo será muy difícil si se pretende que el PP resuelva sus problemas dejando tras de sí un reguero de vencedores y vencidos, aunque ha habido comportamientos que pueden merecer un reproche disciplinario. Al PP no le sobra ni un voto, ni un militante, ni uno de sus líderes. Sería una paradoja, y una imperdonable deslealtad con la refundación que dirigió José María Aznar, que siendo el partido que ha inspirado en Europa los más importantes movimientos de reagrupación del centro-derecha en los últimos tiempos, como en Francia o en Italia, se convirtiera ahora en una fuente de deserciones o escisiones. La capacidad de integración del PP es la base de su fuerza social y política, y nadie puede atribuirse la exclusiva de las credenciales ideológicas de un partido que ofrece a la sociedad española un espacio que abarca desde la derecha conservadora al liberalismo y exhibe un ejemplar historial de servicios a la democracia. Por eso, Rajoy acertó a llamar a sus compañeros a la unidad, porque la principal baza del PSOE en 2012 será la desconfianza del centro-derecha hacia sí mismo.
A partir de ahora, el PP y Mariano Rajoy van a estar bajo la lupa de quienes querrán ver en cualquier problema un rebrote de crisis y de quienes saben que a la derecha española le cuesta mucho ganar imagen, y muy poco perderla. Por eso no va a bastar que se apaguen los conflictos internos si el PP no genera ilusión y expectativas en la sociedad. También empieza un tiempo de prueba para las lealtades internas, especialmente de quienes han incendiado el bosque para, según dicen, ayudar a Rajoy. Parece claro que el líder del PP no necesita albaceas y que se basta para interpretarse a sí mismo.
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