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Martes , 03-11-09
Era ese vecino de siempre, siempre tan especial con las señoras, siempre tan especial con los hombres. Siempre tan especial. Decía de él que era insignificante, pero lo cierto es que significaba mucho para todos, porque estaba en todos, en todo. Tenía en el gesto un muestrario de cien caras, y en las cien caras, miles de variantes. Le hubiera bastado la cara para ser más actor que doscientos cuerpos enteros. Hablaba con toda la cara, y con las orejas, con el bigote, con las cejas, hasta con las gafas. Talento polígloto, hijo de la escasez y el abandono, supo hacer arte de un físico quizá nacido para no salir jamás de una ventanilla. Grandísimo actor, hombre raro -por excepcional-, casado con la soledad y el equilibrio, padre de millones de criaturas en continua risa.
A los cuarenta años, su «insignificancia» maduró lo suficiente para entrar en guiones que hubieran hecho correr a los galanes, pero aunque tuviera un papel secundario, un solo gesto suyo se comía al protagonista. Cuando se viene de donde venía él, la ventaja es que en el camino se ha aprendido todo para no tener que andarlo dos veces en las mismas condiciones. Cuando el hambre aprende a morder, no suelta el bocado, para no perderlo; cuando la «insignificancia» logra salir en la foto, procura en esa foto no ser nunca jamás insignificante. Hizo —como nadie— lo que le encargaron, porque sabía que en la cara era capaz de modelar cuantas caretas exigiera Talía. Un hombre al que el público nunca dejó salir del escenario, nunca le consintió escapar de la cámara, porque se dio tanto —y tan bien— que pertenecía ya al censo de los personajes, más que al de las personas. «Si para ganar sabiduría hay que envejecer, prefiero ser un perfecto imbécil», dijo. Porque sabía que hay un gesto que nunca se apetece: el que impone el tiempo en el espejo. Aunque ignorara que para muchos no envejeció nunca. Ni morirá nunca.
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