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Martes , 03-11-09
La conspiración de la realidad contra el voluntarismo del presidente Obama continúa con implacable tenacidad. Pidió a sus militares una estrategia para resolver la crisis afgano-paquistaní y la propuesta que le han hecho se fundamenta en todo aquello que los demócratas, con él a la cabeza, han rechazado y despreciado. Proclama que la nueva política norteamericana en la región se debe basar no sólo en acción militar sino también en la construcción de un estado democrático y a las primeras de cambio le organizan unas elecciones presidenciales que hacen de Romero Robledo y sus Húsares de Antequera una versión decimonónica de Madre Teresa. A lo peor resulta que Bush no era un reaccionario unilateralista sino alguien que asumía la realidad tal como era, que no se engañaba a sí mismo ni trataba de engañar a los demás sobre la gravedad de la situación.
El entorno de Obama trata de cuadrar el círculo al pasar de considerar la guerra afgana como la legítima, legal y esencial para los intereses norteamericanos a buscar un argumento que les permita abandonar aquella tierra sin arrostrar la vergüenza de la derrota y la responsabilidad de lo que llegará más tarde, incluida la posible desestabilización de Pakistán. La escandalosa campaña electoral orquestada por Karzai es un excelente elemento para la operación de marketing que el equipo presidencial, porque de marketing sí saben, está elaborando para endosar al pashtún la culpa de lo que se nos viene encima.
Lo que no ha sorprendido a Obama es la parca colaboración europea. Podremos criticarle por muchas cosas, pero eso no nos librará de nuestra responsabilidad al no haber querido combatir al enemigo.
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