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Martes , 03-11-09
AHORA que Rajoy ha puesto en su sitio al señor Rato, sólo queda que ponga a Manuel Cobo de patitas en la calle que es lugar más apropiado para un patán de tres al cuarto. De lo contrario, habría que convenir con Bertolt Brecht que la supervivencia es un oficio de canallas. Brecht, desde luego, no hablaba a humo de pajas porque, además de ser un dramaturgo excepcional, era un canalla insuperable. Un verdadero monstruo, decía Thomas Mann. Un tipo al que estrangularía con mis propias manos, apostillaba Auden. Alguien, añade Adorno, que se enluta las uñas antes de salir de casa para poder pasar por proletario. Anécdotas, en fin, de sobra conocidas por una persona que, como es el caso, hasta vomita bilis con ínfulas brechtianas. Manuel Cobo, no obstante, es algo menos que un canalla. En los últimos días, al asqueado vicealcalde le han llamado de todo menos guapo. Mamporrero, felón, traidorzuelo, farsante... Epítetos a mansalva y epitafios a manta. Por no hablar de exabruptos tan descarados y tan zafios (honestidad, rigor, coraje) que constituyen una calumnia intolerable.
Si Cobo no es un canalla, tampoco es un sicario. Su condición, sus prendas, sus aptitudes y sus mañas, son las que corresponden a un auténtico lacayo. Y no a un lacayo vulgar (justo es reconocerlo) sino a la quintaesencia del lacayo. El idioma es un pozo de sorpresas y sus caminos, igual que los del Señor, son un misterio inescrutable. Filólogos hay que afirman que «lacayo» es una metamorfosis catalana del castellano «alcaide». O sea, que el milagro de la lengua habría anticipado al deslenguado. Según Joan Corominas, sin embargo, el origen del vocablo nos conduce hacia aquellos que, en lugar de chupar, lamen. «Lacayo», en su opinión, procede de «lecay», expresión con que los trovadores occitanos ponían en solfa la vileza, los lametones y los garrotazos. Al cabo de nueve siglos, el paisaje ha cambiado, no así el paisanaje.
Los lacayos modernos ya no gastan librea y, de primeras dadas, no es tarea sencilla el identificarlos. Pero, tarde o temprano, el alma lacayuna sale a la superficie y se despoja de la máscara. La lealtad da paso al servilismo, la admiración al mimetismo extático, la coherencia a la incapacidad absoluta de pensar -y vivir- si no es al dictado. El pobre Manuel Cobo (si será pobre que, encima, es millonario) se nutre con las sobras que Gallardón deja en el plato. Su soberbia es vicaria; su vanidad es el reflejo desvaído del narcisismo sideral del amo; su ambición, mendrugos y migajas. ¿Vicealcalde, subalcalde, infraalcalde, minialcalde? El énfasis en posar de segundón, delata el cariz del secundario. ViceAlberto es el cargo. El príncipe y el lacayo. Y viceversa, claro.
En su honor, Bertolt Brecht retoma la palabra. «Una persona como yo únicamente medra a fuerza de arrastrarse a cuatro patas». Cobo no es Galileo, más quisiera, aunque la frase le sienta tal que un guante. Ni es un sabio, ni un sicario, ni un canalla. La canallada sería que Rajoy no le ponga en su sitio luego de colocar a Rato.
O sea, en la puñetera calle. Por patán y por lacayo.
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