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Los Obama recurrieron a un consejero matrimonial para ajustarse a la política
Actualizado Martes , 03-11-09 a las 12 : 02
De los muchos paralelismos que se han intentado establecer entre Barack Obama y John Fitzgerald Kennedy, hay uno que es impepinable, y es que sus mujeres levantan tantas o más pasiones que ellos. Pasiones que a veces pueden ser contradictorias: se espera que Michelle sea la más guapa y elegante, la mejor anfitriona, pero también la más independients y feminista, la que pronuncien los mejores discursos y a la vez la que calladita está más mona. No es fácil ser la mujer del César. Pero tampoco lo es ser su marido.
Cuando se cumple un año de la histórica elección de Barack Obama, el magazine de "The New York Times" rinde un emocionado tributo al “primer matrimonio” de la nación, del que sólo escribe ditirambos: que si son una pareja “moderna”, que si son una “formidable marca internacional”, que si todo eso se basa en una “negociación continua”. Michelle Obama queda como la Penélope del obamismo, pero no del tipo pasivo y suspirante, sino de las que mantienen viva la llama del hogar a base de algún colosal bufido. A ella se atribuye casi todo el mérito de que esta pareja se haya mantenido firme a través de una de las odiseas políticas más fascinantes del siglo.
Despojado de halagos y de excesos, el análisis del Times no deja de ser una interesante radiografía de cómo ha evolucionado la imagen de Michelle Obama desde el arranque de la campaña presidencial de su marido. Lanzada enseguida a la arena para humanizar al candidato y neutralizar su imagen de “sobrado” –y de paso, neutralizar a Hillary Clinton-, al poco tuvo que dar un paso atrás y aprender a morderse la lengua. Su franqueza resultaba excesiva, por no decir brutal, y su actitud nada ambigua en muchas cosas podía ser un problema para el marido.
De una Michelle de rompe y rasga a una Michelle modosa
De una Michelle de rompe y rasga se pasó pues a una Michelle modosa, por momentos invisible, que en algún momento pareció que intentaba llegar a la Casa Blanca camuflándose con el papel pintado de las paredes. Insistió hasta una sospechosa saciedad en que ella era más que nada “mamá en jefe” y que no aspiraba a meterse en las cosas de palacio ni de Barack. Se metió entonces a horticultora mayor del reino –bueno, de la Unión- y a gran abogada de la comida sana. Encontró la manera de ser elegante sin ser relamida ni parecer que gastaba demasiado en plena crisis. Poco a poco amasó una popularidad incluso mayor que la de su marido.
Y ahora la gran pregunta: ¿es esa Michelle la de verdad? ¿Coincide este dulce retrato con el de la indómita estudiante de Princeton que cuestionaba los métodos de los profesores y escribió una tesis en la que se despachó a gusto contra el racismo institucional? ¿O con la que hace años le lanzó a su marido el siguiente ultimátum: un intento más de hacer carrera política y, si no te sale bien, lo dejas?
El lado “copresidencial”, si lo hay, se mantiene en la sombra
Nadie cree que Michelle no tenga voz y voto en muchas de las decisiones que toma Barack. O que no se implique a fondo en su agenda y en su estrategia. Sin embargo el lado “copresidencial”, si lo hay, se mantiene en la sombra. Y a la luz lo que sale es la esposa y madre de familia. Con todo lo feliz que es y lo enamorada que está... Vete a estudiar a Princeton para esto.
Y el caso es que Michelle Obama, con toda su inteligencia y con todos sus éxitos profesionales, siempre ha tenido una vocación de esposa y madre muy sincera y muy fuerte. Todas las biografías de los Obama insisten en que el matrimonio vivió unos años difíciles cuando Barack se empeñó en presentarse candidato al senado de Illinois. Entonces la pequeña Malia tenía un año y Michelle se encontró con que en la práctica ella era como si fuera madre soltera, pues el padre estaba fuera de casa casi todo el tiempo. No era ese el plan de vida imaginado por Michelle Robinson, criada en un hogar donde ni un solo día se dejó de cenar todos juntos en familia. Ese era su bagaje y ese era su sueño cuando se casó.
Barack, un monógamo convencido
El background de él no podía ser más distinto. De Barack Obama dicen que, aparte de lo enamorado que está de su mujer, a diferencia de JFK es un monógamo convencido, en gran medida como reacción al reguero de desastres conyugales y familiares dejado por su propio padre. Aunque electoralmente sea un activo tener hermanos en tres continentes, personalmente no debe ser tan fácil de gestionar.
Otra cosa es que la apetencia de estabilidad no siempre equivale al hábito. Dicen los que lo conocen que cuando Barack Obama se metió en familia y en política a la vez, no era muy consciente del sobreesfuerzo que estaba abarcando.
A Michelle le tocó hacer horas extra para mantener a la familia unida y para enseñar a su marido a hacer su parte. En el reportaje del Times, la hoy dichosa y exultante primera pareja medio admite que llegó a recurrir a algún consejero matrimonial en los momentos más delicados del ajuste.
Conviene tener en cuenta que hablamos de unos esposos para los que la llegada a la Casa Blanca ha supuesto lo más parecido a una vida normal: ahora se acuestan y se levantan juntos las más de las veces, hacen deporte a la vez, desayunan con sus hijas casi a diario y cenan con ellas mucho más que en los dos años de feroz campaña a lo largo y ancho del país, que se dice pronto.
La carrera de Michelle, en segundo plano
Por supuesto el precio a pagar por ello es que la carrera de ella queda en un evidente segundo plano. Así fue también durante el largo esfuerzo de la nominación y la carrera presidencial propiamente dicha. Una maratón política sobrehumana que además hay que correr siempre con la incertidumbre de si todo ese desgaste habrá valido la pena. No hay premio para el perdedor. Por lo menos ahora no hay dudas: son presidente y primera dama. Eso ya no se lo quita nadie.
Pero mientras viva en la Casa Blanca, Michelle tiene que aceptar un rol forzosamente más tradicional de lo que sería habitual en una pareja bien avenida de su edad y nivel sociocultural. Poco o mucho está a la sombra del presidente y no puede afirmar demasiado su perfil sin amenazar el de él. Esa es una lección que todas las primeras damas tienen bien aprendida desde Hillary Clinton.
Contado todo esto en positivo, hay quien ve en la evolución de Michelle, desde su inicial resistencia a meter a la familia en política hasta convertirse en la primera supporter de su marido, una alegoría de la evolución del votante americano medio. Qué habría pasado de no dar crédito a que Obama pudiera cambiar el país –o por lo menos la imagen del mismo-, a considerarle el Elvis Presley de la política de Estados Unidos.
De algún modo Michelle cumple la función de ser la ITV que constantemente pasa su marido para garantizar que se mantiene fiable y sano: mientras sea buen marido, será buen presidente.
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