Lunes , 02-11-09
DAVID MORÁN
BARCELONA. ««Qué es un fantasma», preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable. Por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres». La cita de James Joyce, estratégicamente situada en las primeras páginas de «Los que rugen» (Páginas de Espuma), le sirve a Care Santos (Mataró, Barcelona, 1970) para advertir al lector y, en apenas tres renglones, acotar perfectamente la temática de su reencuentro con el cuento cinco años después de «Matar al padre».
Porque, sépanlo, en «Los que rugen» van a vérselas con una alineación completa de espectros, apariciones y muertos que no se dan cuenta de que ya no siguen vivos. Fantasmas, sí, aunque con algún que otro matiz. «Son fantasmas más ilustrados que los que he hecho hasta ahora», reconoce Santos, a quien lo sobrenatural le visita a menudo ya sea en su condición de cuentista que en la de celebrada e incansable autora de literatura juvenil e infantil.
Así, a cuestas con los fantasmas, Care Santos retoma el hilo de un género que jamás ha abandonado -es, asegura, su espacio de libertad total- y estrecha lazos con una temática que le apasiona y, por si fuera poco, le permite descargarse. «Hay mucho de mí, de mis propios fantasmas -explica-. La literatura también es como una planta de reciclaje donde metes muchas cosas que si no escribieses quizá te afectarían de otro modo». Y lo que aquí «mete» Santos son fantasmas tradicionales, sí, pero también otros más domésticos, de esos «que escondemos en el fondo del armario porque no soportamos verlos».
Con una cincuentena de libros a sus espaldas y una novela «realista» en la cabeza, la autora catalana se sirve aquí de los fantasmas para pasar revista «a la memoria y el recuerdo» y explorar los mecanismos de la soledad a lo largo de los trece relatos que dan forma a «Los que rugen». Porque, como asegura Pilar Pedraza en la otra cita inaugural, «en el interior de las personas rugen los fantasmas».

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