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Domingo , 01-11-09
Si Berlin decía que al menos hay doscientas acepciones de la palabra libertad, sin duda debe haber más de liderazgo, que es lo que se reclama al presidente del PP de modo más o menos o nada educado. Cada uno tiene su concepto del liderazgo y quienes lo ostentan no pueden contentar a todos.
Para muchos, como hemos visto esta semana con la eterna batalla en el PP, el liderazgo se encontraría en la contundencia, en dar un puñetazo en la mesa, en apartar a algunos con cajas destempladas y no admitir la discrepancia. «Esto no se lo podrían haber hecho a Aznar...» se oye decir, como si la debilidad de su sucesor estuviese en que no le tienen el miedo que podrían haber tenido a que el ex presidente del Gobierno decidiera su fulminación del panorama de las decisiones o de la influencia políticas.
Aznar eligió a Rajoy para sucederle, y éste ha sido después elegido por los congresos del PP como su presidente. En el de Valencia, con el 84,24% de los votos. Cabría preguntarse si una cifra así responde más o menos a un liderazgo normal en la política del siglo XXI que el 98,37% con el que fue elegido 4 años antes o el 99,50% que obtuvo Aznar. La respuesta es que la última cifra responde mejor al liderazgo en un partido plural y abierto. Rajoy es presidente del PP porque muchos apoyaron un proyecto de renovación que se venía demorando desde las elecciones de 2004 y porque otros no encontraron, disponible y preparado, un líder mejor. Es lo mismo que le ocurrió a su antecesor a la cabeza del partido en la primera parte de su singladura porque, en las elecciones políticas, no se elige un Papa infalible, sino un representante político siempre discutido por algunos y discutible por todos.
Se dice también, dentro y fuera del PP, que el Congreso de Valencia se cerró en falso, pero parece más ajustado afirmar que las alternativas resultaron falsas, aunque los que las rondaban no quedaran ni contentos, ni tranquilos, ni quietos.
La gran diferencia política entre Aznar y Rajoy, al margen sus personalidades, es que el primero no tuvo que padecer la arremetida constante de los descontentos, intranquilos y, paradójicamente, tan inamovibles sobre los proyectos como pasados de vueltas en las actitudes, que son los que ahora colocan al líder de la derecha en un brete siempre que pueden. Recuérdese que no todo fue para Aznar un camino de rosas y que, en torno a ciertas actitudes internas y a la guerra de Irak, la segunda legislatura fue convulsa, discutida hasta el extremo y a veces angustiosa. Pero en casa no escuchó salvo soterrada, escasa, educada y tímidamente, que se buscara urgentemente una alternativa o que tuviera que demostrar que no era lo que parecía.
Para reafirmar el liderazgo que obtuvo, el actual presidente del PP tendrá que contar con ello, con que no va a ser tratado, haga lo que haga, como trataron a Aznar ni como él ha tratado a otros. Lo curioso es constatar que, en las patéticas circunstancias de estas últimas semanas, es difícil encontrar entre los más que hostiles antagonistas internos de Rajoy a uno que no esté afectado, directa o indirectamente, por acción o por falta de vigilancia, con los escándalos.
Que quienes sientan afectada la imagen del PP por esta maraña reclamen más contundencia tiene sentido, que sean sus protagonistas y sus amigos o los que tienen un sospechoso caos en sus trastiendas los que achaquen a Rajoy debilidad no deja de causar asombro. Lo serio sería no dejarse embarcar en estos navíos a la deriva y plantear un proyecto y un equipo. En lo referente a esto último, Rajoy precisa compañeros que hoy no tiene por muchos que tenga. En lo que atañe a lo primero, un proyecto no es una «familia» ni propiamente el ideario necesario: es estrategia, reglas, explicaciones, pedagogía política, planes y un poco más de ironía que de sentido del humor.
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