Hay que viajar a una localidad apartada de la campiña francesa, Chateauroux, en el centro del país, para descubrir el que es uno de los principales cementerios de aviones comerciales del mundo. Para un amante de la aviación, el escenario resulta forzosamente triste: en la pista que rodea los hangares, que tiene una capacidad máxima de 60 aparatos, decenas de aeronaves descansan en el «limbo» a la espera de que se los despoje de todos aquellos dispositivos electrónicos aprovechables (instrumentos e indicadores del panel de control, en mayor medida) y, más tarde, se trocee su cuerpo de aluminio en pequeñas piezas.
La visión es reveladora: entre los modelos antiguos, viejos Boeing de los años 70, destaca el fuselaje colorido de las aerolíneas de bajo coste que no han resistido la crisis ante el, por entonces, elevado precio de los combustibles y la caída de la demanda de vuelos. Ese es el caso de las recientemente desaparecidas Sterling y Skyeurope, algunos de cuyos aparatos permanecen estacionados cerca de un «jet» con bandera rusa.
Han transcurrido tres años desde que esta base aérea, estandarte norteamericano en el continente europeo durante la Guerra Fría, se convirtiera en una de las dos plantas de reciclaje de aviones de las que dispone Boeing en todo el mundo. La otra se encuentra en Arizona (EE.UU.).
Respetar el medio ambiente
«Haya crisis o no, la industria de la aviación está comprometida con la reducción de sus consecuencias medioambientales», destaca Bill Carberry, director del programa de reciclaje de aviones y compuestos de Boeing, durante la celebración en la planta de Chateauroux de su tercer aniversario.
AFRA (siglas en inglés de Asociación de Reciclaje de Flota de Aviones) es la organización que engloba a las compañías de reciclaje que operan en este aeropuerto, de la cual Boeing es miembro fundador. De los cerca de 400 aviones que fueron reciclados en 2008, un tercio de ellos fue a parar a AFRA, que gestiona la planta de Chateauroux, o alguno de sus 40 socios.
Un viejo McDonnell Douglas DC10, con el logo en el costado de Cubana Aviación, aguarda en la pista de reciclaje de aluminio, propiedad de Bartin Aero. Tiene las dos alas cortadas, de cuyo interior brotan cables y piezas de metal; en su interior, el mobiliario de la cocina y los baños se conserva íntegro, como embalsamado bajo una capa de polvo. «Tened cuidado, hay algunas zonas donde el suelo puede ceder», indica uno de los guías a los periodistas que visitaban las instalaciones.
Según Martin Fraissignes, director ejecutivo de AFRA, se calcula que «6.000 aviones de uso no militar serán retirados de circulación antes de 2028» y «de 8.000 a 10.000 aviones serán reciclados en los próximos 20 años». En la actualidad el reto reside en, como indica Carberry, aprovechar al máximo el material de esos vehículos para reducir su impacto medioambiental. «Muy, muy poco del interior de los aviones es reciclado», señala el director del programa de reciclaje de Boeing, que muestra, para ilustrar las nuevas líneas de investigación de la compañía, un reposabrazos fabricado con fibra de carbono obtenida del fuselaje de un 787.
Otro desafío es la caída libre del precio del aluminio, que se opone al elevado coste de su transformación. Esto ha dado lugar a que algunos aviones vean prolongado su tránsito a la «mejor vida». Intactos, aguardan a que repunte el precio de este metal, sin que se sepa -ni siquiera sus propios responsables- cuándo llegará su hora.