Publicado
Domingo
, 01-11-09 a las 09
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POR J. F. ALONSO
Dashiell Hammett escribía como disparaban los matones de Personville. Frases como latigazos. Detectives duros como el mentón de Bogart. «Cosecha roja» (1929) fue un abono para la gran novela negra estadounidense. En el Báltico, los aficionados a esta literatura han encontrado otro filón, quizá insospechado. No es algo nuevo, aunque el huracán Larsson nos lo haga creer. A través de escritores como el matrimonio con el que empezó todo -Per Wahlöö y Maj Sjöwall, en los años 60/70- hemos descubierto que detrás de las rubias imposibles anidaba la soledad, el frío, la violencia, los policías viejos y cansados, el trauma del asesinato de Olof Palme, las relaciones personales gélidas como un amanecer del invierno.
Después de aquellas cuchilladas de Wahlöö y Sjöwall vinieron muchos otros. En Islandia, Arnaldur Indrioason, autor de la tristísima «La mujer de verde»; en Noruega, Jo Nesbo, del que se ha reeditado «Petirrojo» (RBA Serie Negra), y en Suecia, donde se publican decenas de novelas negras al año, Henning Mankell (Estocolmo, 1948), uno de los grandes en Europa, creador de un personaje que vale una vida, Kurt Wallander, bebedor, separado y padre de una hija que terminará por ser policía, aficionado a la ópera, diabético y huraño. Mankell le ha dado punto final en «El hombre inquieto», la undécima novela de la serie, recién publicada, y saber que no habrá más ha dejado a sus aficionados huérfanos, con algo de esa tristeza indomable que alimenta su última investigación. Mankell, eso sí, seguirá escribiendo, quizá novelas más globales, como «El chino» (2008), o dirigiendo el Teatro Nacional de Mozambique, en Maputo, donde el sol disuelve las brumas de su perturbadora Escania.


