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Publicado Sábado , 31-10-09 a las 20 : 46
EL oasis catalán se ha ido a hacer puñetas. Si se quiere, del oasis hemos pasado a la charca. O a algo parecido. La «Operación Pretoria» obliga a plantear la cuestión: ¿por qué ocurre lo que ocurre? Probablemente, la corrupción —respetando la presunción de inocencia— obedezca a un par de culturas: la del enriquecimiento rápido y la partidista.
La cultura del enriquecimiento rápido viene de la mano del crecimiento económico, del urbanismo, de las plusvalías que se generan a golpe de compraventa de solares y especulación inmobiliaria. En esta coyuntura surge la tentación de recalificar ilícitamente el terreno público en beneficio propio. Y más si aparece la figura del conseguidor, del blanqueador y del promotor con dinero contante y sonante. Con una sola firma, alguien puede llegar a ser millonario. Y la firma —el ser humano es débil por naturaleza— llega. Y si la cosa se hace bien —¿cuántas veces no habrá ocurrido antes?—, nadie se entera. En definitiva, el corrupto y la corrupción toman carta de naturaleza. La cultura del enriquecimiento rápido se complementa con una cultura partidista que no selecciona debidamente a los militantes de la formación, que tolera determinados personajes porque son de los nuestros, que oculta o niega cualquier problema —hasta que se hace evidente por sí mismo— que ponga en entredicho la imagen del partido, que aprovecha cualquier resquicio para forzar la legalidad, que no reforma la legislación porque saca algún tipo de provecho de la misma.
A la vista de la «Operación Pretoria», a uno se le ocurren algunas preguntas. ¿Por qué la denuncia —en este caso y otros— viene de la Fiscalía Anticorrupción y de la Audiencia Nacional? ¿Por qué en Cataluña andamos tan escasos de denuncias de este tipo? ¿Por qué el Parlament no hizo caso del informe de la Sindicatura de Comptes que advertía irregularidades en Santa Coloma de Gramenet? ¿Por qué en Santa Coloma de Gramenet —desde hace quince años— no se han nombrado los funcionarios que debían controlar el gasto público y nadie ha protestado? ¿Qué hace la Oficina Antifraude? ¿Por qué el Parlament —con argumentos a posteriori que ruborizan a cualquiera— no tiene a bien crear comisiones de investigación? ¿Por qué un ex presidente de la Generalitat —así como el presidente de una fundación dependiente de un partido político— viene a decir que es mejor no tirar de la manta y nadie le exige que aclare tan peculiar insinuación? ¿Qué se ha hecho del tres por ciento que retumbó en el Parlament un día de infausta memoria? Es cierto que no todos los políticos son iguales. Pero, no es menos cierto que la situación —como afirmó José Montilla en una declaración institucional sin derecho a pregunta— no se arregla reclamando la confianza en las instituciones. O los políticos se ponen manos a la obra —transparencia, control y depuración: ¡huyan del oasis y afronten la realidad!— o el sistema revienta llevándose muchas cosas por delante.
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