Viernes
, 30-10-09
Leo la noticia de la propuesta de ampliar la Enseñanza Obligatoria hasta los dieciocho años, de los dieciséis actuales. Me veo obligado, yo también, a mantener una coherencia con mi pensamiento y mis experiencias de toda la vida, presentar públicamente mis objeciones.
De verdad, para empezar, todo esto no va en absoluto contra el actual Ministerio de Educación, en cuyo ministro deposito grandes esperanzas. Habla de un consenso, tan necesario, en Educación, y recuerdo su papel encomiable cuando, siendo rector de la Autónoma, abogó por crear, en la enseñanza universitaria, titulaciones de las materias clásicas y tradicionales de nuestra enseñanza española. Hablo, pues, en abstracto, fuera de todo personalismo.
La enseñanza era obligatoria hasta los diez años, luego hasta los catorce, luego hasta los dieciséis, ahora, dicen, hasta los dieciocho. ¿Y qué hemos sacado?
Aumento cuantitativo de los estudiantes, descenso cualitativo. Han suprimido toda clase de exámenes, han rebajado los programas y las exigencias, cuelan todos, han fundido todas las enseñanzas, ¿y qué? Más fracaso escolar que nunca. Si entran alumnos incompetentes, ¿antes no entraban, había un examen de ingreso? Fracasarán, claro. Y si se obliga a entrar a los que tienen otras vocaciones, no aprenderán, se colocarán al final del aula, se pondrán los cascos y oirán música, estorbarán. Sufrirán y harán sufrir.
La enseñanza (la ESO, el Bachillerato) es para enseñar y aprender. Ahora, si un alumno suspende todas las asignaturas en tercero de ESO, puede pasar a cuarto «por imperativo legal» (o sea, a sufrir y estorbar). Le decía un padre de Murcia a una profesora de ESO: «¿Cómo va a pasar mi zagal al curso siguiente si no sabe ná?».
Pues pasará. Ahora el de dieciocho hará el último de Bachillerato, seguro que ya con veinte entre unas cosas y otras, y algunos saldrán rebuznando «por imperativo legal». A lo mejor ni lo clasifican como «fracaso escolar».
Piénsenlo, no añadan un desastre más. Tenemos bastantes.
De la Real Academia
Española