Retratos de Carlos de Borbón y de María Amalia de Sajonia, ambos de de Giuseppe Bonito /EFE
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Jueves
, 29-10-09 a las 10
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La Academia de Bellas Artes vivió ayer una intensa jornada cultural hispano-italiana con dos citas destacadas. La primera, una exposición conmemorativa del 250 aniversario de la coronación de Carlos de Borbón —hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio— como Rey de España. Patrocinada por Endesa, la muestra, que fue inaugurada por Su Majestad el Rey y el presidente de Italia, Giorgio Napolitano, desvela, a través de 48 piezas, distribuidas por cuatro salas de la Academia, la pasión del Monarca y su esposa, María Amalia de Sajonia, por la pintura, la música, el teatro, la arquitectura... Durante su intenso reinado se llevaron a cabo importantes proyectos culturales, como la construcción de los Palacios de Capodimonte, Caserta y Portici, así como el Teatro San Carlo; las excavaciones de Pompeya, Herculano y Paestum, y la puesta en marcha de grandes manufacturas reales (porcelanas, cerámicas, tapices...)
Nicola Spinosa, comisario científico de la exposición y gran especialista en la materia, ha concebido la muestra como «un homenaje a Carlos de Borbón». Y qué mejor que recurrir para ello a quienes ya lo hicieron en vida, como los pintores Francesco Solimena,Michele Foscini o Antonio Joli, que narraron en lienzos desde los triunfos y virtudes de su reinado, hasta su renuncia al Trono de Nápoles en favor de su hijo Fernando, o su partida a España. Es lo más cercano a una crónica social de la época en imágenes (a falta de fotografías, buenos eran los lienzos). Tampoco faltan en la exposición retratos de los Monarcas y sus hijos (tuvieron trece, aunque sólo vivían ocho cuando vinieron a España), realizados por Giuseppe Bonito, Clemente Ruta, Francesco Liani...; proyectos de Luigi Vanvitelli, arquitecto del reino; una espectacular mesa con tablero de taracea de piedras duras, préstamo del Prado; un puñado de porcelanas y alguna escultura. Fueron veinticinco los años que estuvo Carlos de Borbón en Nápoles (de 1734 a 1759), tiempo suficiente para dejar su impronta en el arte napolitano del XVIII.
La segunda cita hispano-italiana del día era la presentación del libro «España y Nápoles. Coleccionismo y mecenazgo virreinales en el siglo XVII», una magna obra dirigida por José Luis Colomer y editada con mimo por el Centro de Estudios Europa Hispánica. El volumen —reúne 24 ensayos de los mejores especialistas y está ilustrado con 350 imágenes— relata la historia de los virreyes españoles en Nápoles que actuaron como agentes intermediarios de la Corona para hacer compras y encargos a artistas como Caravaggio, Luca Giordano o Ribera.
«Una invención interesada»
Presentó el libro el ex ministro de Cultura, César Antonio Molina: «Durante décadas hemos cargado con muchas culpas. A España se le unió otra leyenda negra, pero nuestro país ha hecho un gran esfuerzo por demostrar que Nápoles y Sicilia eran capitales del Imperio, que participaron en su expansión, y no territorios de colonia». Cervantes, recordó Molina, a pesar de ser un personaje tan triste, confesó que fue feliz en Nápoles y Gómez de la Serna la definió como la ciudad más inmortal: «Libros como éste acaban definitivamente con esa leyenda negra, una invención interesada. España trató como igual a Nápoles y Sicilia».


