Miércoles
, 28-10-09
UNO de los principios clásicos del Derecho Constitucional dice que «el poder corrompe y el poder absoluto, corrompe absolutamente». Se le atribuye a un inglés llamado Lord Acton. En el fondo de este pensamiento trasluce la idea de patrimonialización o personalización o, literalmente, de apropiación del poder por quien en determinado momento ostenta la autoridad en base a una mayoría cualificada de votantes. En definitiva y tanto en inglés como en español, con ello se quiere dar a entender que cuando uno cree que todo el monte es orégano y adquiere la sensación de no tener que dar explicaciones ni rendir cuentas a nadie, puede caer en la tentación de campar a sus anchas. Primero en el mundo de la Administración y luego en el exterior, lo que generalmente suele dar un fruto incluso mayor.
Ciertamente, si uno se mira los titulares de los periódicos en los últimos meses, puede llegar a la percepción de que, durante años, muchas personas han estado campando a sus anchas. La última, y con la primacía lógicamente de la presunción de inocencia en todos los casos en fase de instrucción o enjuiciamiento, ayer mismo en el Ayuntamiento de Santa Coloma de Gramanet. Pero en la mente de todos están también los casos Correa, Palma Arena y muchos más, desde Cataluña a Huelva y de Galicia a Marbella, municipio este último que tardaremos muchos años en olvidar. Y muchos contaban con una importante mayoría electoral. Pero el riesgo de acampada libre en el mercado puede ser incluso mayor cuando uno abandona la política o la Administración y vuelve al mundo exterior. En particular, en el mundo anglosajón unos de los personajes que mayor recelo despierta en el mundo financiero en lo que a persecución del blanqueo de capitales se refiere son los que desempeñaron en su día responsabilidades políticas. El motivo, los contactos y el riesgo de tráfico de influencias.
Y, sin caer en la demagogia en que a veces caen los que ocupaban los bancos de la fiel y leal oposición cuando los ahora corruptos dirigían el gobierno, pues a uno siempre le acompaña el riesgo de perecer, lo cierto es que sorprende la escasa reacción que los casos de corrupción crean en el conjunto de la población. No descarto que sea por la habitualidad de la situación. Que uno se acostumbra a vivir en constante desazón. Pero ciertamente, es más el morbo que la indignación.
Pero no me digan que no es triste que la parte más sana del cuerpo social, cuando menos en apariencia, sea la que no tuvo, ni tiene ni pretende tener nunca una responsabilidad gubernamental.


