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Martes, 27-10-09
El proceso negociador abierto con Irán en el marco de la Agencia Internacional para la Energía Atómica tiene una innegable importancia por varias razones.
En primer lugar, y lo avanzaba la semana pasada, porque es el acta notarial de la impotencia occidental. Como Irán no cede a las presiones y mantiene en pie su programa nuclear; como Rusia se niega a respaldar la aprobación de sanciones serias en el Consejo de Seguridad; como norteamericanos y europeos no consideran el uso de la fuerza; como Israel carece de los medios para destruir el programa... nos contentamos con distraer uranio suficiente para atrasar durante un año el programa atómico iraní para fines militares.
En segundo lugar, nos recuerdan desde el Institute for National Security Studies de Tel Aviv, al negociar el uso del uranio enriquecido se está legitimando el programa al que, hasta la fecha, se negaba el derecho a existir. Una cosa lleva a la otra y ambas representan éxitos indiscutibles de la diplomacia iraní.
Se sienten fuertes y actúan en consonancia, a pesar de sus graves problemas internos. Tras aceptar el acuerdo las autoridades iraníes han decidido posponer su firma al tiempo que han abierto una nueva línea negociadora que, de hecho, pone patas arriba todo lo acordado ¿Por qué los europeos no les venden el uranio enriquecido en vez de tener que enviar el suyo a un viaje lleno de complicaciones? La respuesta es tan evidente como provocativa la pregunta.
Si tan dispuestos estamos a ceder para tapar nuestra impotencia y tratar de ganar algo de tiempo, ¿qué necesidad tienen las autoridades de Teherán de realizar tales concesiones? En realidad el tiempo sólo juega a su favor, más aún desde que han comprobado que norteamericanos y europeos carecen de alternativas.
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