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Para algunos, el primer día de huelga de tripulantes de cabina transcurrió con «normalidad», como aseguraron fuentes de Iberia. Para otros, los afectados por vuelos cancelados, esa «normalidad» discurrió con enervación, «pérdida de tiempo», protestas y variaciones de vuelos con hasta 38 horas de diferencia de su partida original. El resultado, caras largas, reproches y hojas y más hojas de reclamación.
Según apuntaron desde Iberia, «todos nuestros clientes con vuelos cancelados han sido informados». Si bien a muchos, no una gran mayoría, les cogió por sorpresa. Es el caso del matrimonio de Ángel y Elieth de la Peña. Tenían un vuelo programado a las 12.50 de ayer con destino a Ginebra, su ciudad de residencia. «Nadie nos ha dicho nada. Nos hemos enterado aquí al ver que no aparecía nuestro vuelo en las pantallas», comenta Elieth. Mientras, su marido gestiona una alternativa en uno de los mostradores de Iberia situado en la T4 del aeropuerto de Barajas de Madrid.
Tras quince minutos de negociación, el matrimonio suizo tiene un nuevo billete, con partida cinco horas más tarde y con escala en París. Resignados, toman su equipaje para la inesperada espera. «Qué le vamos a hacer, por lo menos volvemos hoy», pronuncia Ángel. «A la vuelta nos perdieron las maletas, ahora esto...», añade Elieth.
En una fila de cinco personas que aguardan por la misma causa, la anulación, se encuentra Desiré. Irritada. Exasperada por la justificación que le acaban de dar: «No es posible que me digan que me han avisado por mail el viernes, porque puede darse la circunstancia de que no me meta en mi correo. Y ahora, es a mí a la que me toca perder el tiempo. Esto es increíble», protesta.
Cancelación por «sms»
Ernesto Matos vuelve con su mujer de un viaje de Punta Cana. Deberían haber tomado el vuelo de las 14,00 horas de ayer con destino a Bilbao, lugar donde residen. Pero sus códigos no aparecen por ningún lado. La compañía intermediaria con la que contrató el viaje les avisó de la cancelación a través de un mensaje de teléfono móvil. «Me indicaban que me pusiera en contacto con Iberia, pero les llamé desde República Dominicana y me salía un contestador, así que hemos llegado aquí y nos hemos encontrado con este panorama».
A algunos les ofrecieron vuelos para el mismo día, a otros pasadas unas horas, y los más perjudicados, tienen que pasar la noche en Madrid para volar el día siguiente. Ante esa tesitura, Ernesto asegura que no puede esperar hasta mañana, ya que se incorpora a trabajar. «Nos han dicho que igual podemos coger un vuelo para las 16.00 de la tarde, que dentro de lo malo no está tan mal. Si no, me tendría que alquilar un coche y me marcharía por mi cuenta, aunque implique acarrear con los gastos», dice sumiso.
Finalmente, los bilbaínos consiguieron un vuelo para horas más tarde. Peor parado salió Francisco Rivera, un usuario que comparte la identidad del conocido torero. Francisco calmó su ira con la segunda hoja de reclamaciones. «He llegado de Nueva York a las seis de la mañana y tenía que haber cogido un vuelo con destino a Sevilla a las 8.45. La alternativa que me dan es que mañana [por hoy] parta a las 23.00 horas. ¿Quién me paga el hotel, las dietas y el traslado?, yo. Y me dicen que me han enviado un correo electrónico que no he recibido porque la cuenta que tenían está de baja. Menuda gracia», reprocha con acento andaluz.
Diez horas sin comida
Eugenio Hurtado no se quedó sin vuelo, pero sí sin comida durante un vuelo de diez horas de Bogotá a Madrid. «No nos han dado de comer por la huelga y nadie nos informó de nada cuando subimos al avión», pronunciaba indignado. «Así es la vida», le respondía un trabajador de Iberia. Encolerizado, el suramericano solicitó una hoja de reclamación. «Me vuelvo el 11 de noviembre y me dicen que me puede volver a pasar lo mismo. Más les vale que nos avisen y que nos permitan meter comida y bebida en el interior», amenazó.
Mientras, una veintena de tripulantes de cabina de los dos sindicatos convocantes del paro repartieron octavillas explicando a los pasajeros el motivo de la huelga. Hoy volverán a presentarse en los aeropuertos para hacer presión ante la atenta mirada de los que, de nuevo, volverán a perder sus vuelos.
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