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En el filme «Petit Indi», de Marc Recha, los galgos corren raudos por el canómodro tras la falsa presa. Nunca la alcanzan. Como en un bucle, repiten día tras día la persecución por instinto, sin la memoria que les haga escépticos. Con el mismo acto reflejo es recibido el cine español en la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci), siempre dispuesta a disfrutar con él a pesar de las profundas desilusiones que tradicionalmente ha dado.
El primer título español lo presentó ayer Marc Recha. «Petit Indi» pivota en el debutante Marc Soto, que da consistencia a Arnau, un joven perdido en la periferia de una urbe en plena expansión, desorientado entre la juventud y la madurez, con la madre en la cárcel y un tío y un hermano también errantes (Sergi López y Eduardo Noriega). Sólo le sostienen su hermana (Eulàlia Ramon) y su afición a la cría de jilgueros, en la que es un reconocido experto.
Como en otros títulos del catalán, la naturaleza es un espacio de aparente inocencia. La desubicación del protagonista es paralela a la invasión urbana de la hasta hace poco fértil y límpida periferia. Arnau va perdiendo referentes al mismo paso que las excavadoras voltean su entorno. En ese juego desequilibrado, los encuadres de bellos y coloridos paisajes -excelente fotografía de Hél_ne Louvart- rayados por torretas eléctricas, chimeneas industriales o residuos urbanos acompañan la disolución de la inocencia.
Sin embargo, Recha, que imprime un ritmo «vertiginoso» -para lo que es habitual en él- a «Petit Indi», se tiende a sí mismo varias trampas en esta historia. Al igual que los galgos en los que apuestan el protagonista y su tío, Arnau no puede salirse de la pista en la que le coloca Recha, encorsetado en el traje del «Bildung Roman». Al final, acorralado, el filme desagua por un embudo de convencionalismos.
Primer día, primera ovación
Basada en el superventas «La elegancia del erizo», de Muriel Barbery, la francesa «El erizo», de Mona Achache, cosechó la primera ovación de esta edición. Razones no le faltaron al público, que siguió con interés y simpatía las relaciones de una portera de un edificio señorial del París más lujoso con la pequeña de una de las familias inquilinas. Ambas son, en principio, casos de disonancia en el ambiente burgués. Como no podía ser de otro modo, las dos acaban coincidiendo, más un tercero, vecino nuevo con cierta sensibilidad. Hasta ahí, el material cerrado de la novela.
La directora encuentra un basamento perfecto para lucirse en la dirección de la pequeña Garance le Guillermic y la veterana Josiane Balasko, esta última soberbia. Otra cosa es enfatizar en uno u otro personajes, vestirle con rasgos canónicos o heterodoxos, recurrir a los tópicos de las clases sociales, encerrarse en un cuarto o salir a la calle.
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