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Actualizado Sábado, 24-10-09 a las 20:11
Abdolvahed Mohammadizadehhad. Este auténtico desconocido iraní de apenas veinticuatro años es la persona que se inmoló el pasado lunes en la ciudad de Sarbaz, al sureste del país, y acabó con la vida de 41 personas e hirió a otras cincuenta. Según la inteligencia iraní, el joven viajó hace cuatro meses a Pakistán para recibir instrucción en los campos de entrenamiento del líder de Jondolá, el Ejército de Dios, Abdulmalek Rigi. Nacido en la provincia de Sistán-Baluchistán, Abdolvahed pasó dos temporadas en la cárcel en los años 2001 y 2002 bajo las acusaciones de fraude y asalto, siete años después es un mártir del Movimiento de Resistencia de Irán, el otro nombre del grupo extremista suní.
A diferencia de sus países vecinos, los atentados no son habituales en Irán. Las fronteras de la república islámica están blindadas por la Guardia Revolucionaria, el cuerpo paramilitar que estaba en el punto de mira de Abdolvahed. Al menos seis altos oficiales perdieron la vida, un golpe en toda regla contra los máximos representantes del régimen islámico en esta pobre y remota provincia del sureste del país. Fronteriza con Afganistán y Pakistán, Sistán-Baluchistán se ha convertido en una auténtica autopista de salida del opio afgano al mundo. A ello hay que sumar la creciente actividad de Jondolá, que ha terminado de convertir a esta triple frontera en una auténtica zona militarizada.
«La venganza no tardará», aseguraron los mandos del grupo paramilitar mientras enterraban a sus mártires, una venganza que en anteriores atentados ha llegado en forma de ejecuciones públicas. Fundada por el Imám Jomeini en 1979 con el objetivo de ser su auténtica guardia pretoriana, su papel fue decisivo durante los primeros años de la revolución, en los que combinó la labor de seguridad con la de inteligencia a la hora de combatir contra Sadám Hussein por un lado, y contra la disidencia interna no partidaria del régimen islámico, por otro. Terminada la guerra con Irak, Jomeini estuvo a punto de ordenar su integración en las fuerzas regulares, pero no lo hizo. Se guardó esta carta, reforzó el aspecto ideológico del cuerpo y le dotó de una dimensión internacional que supuso el inicio de la hegemonía iraní en la región como contrapunto a Estados Unidos.
Con el paso de los años fundaciones como la de los Mártires ha crecido hasta convertirse en un ministerio más. El Pasdarán (guardianes en persa) cuenta con sus propias instituciones, sistema de pensiones, becas para hijos de sus miembros, supermercados, bancos y cualquier tipo de facilidad necesaria para poder vivir dentro de su red. Además de la fortaleza ideológica, millones de iraníes profesan la fé del Pasdarán porque se ha convertido en una forma de ganarse la vida. El baile de cifras sobre sus integrantes es permanente, se habla de hasta 150.000 hombres, ya que debido a su fuerte trabajo en cuestiones de inteligencia y su penetración social, «lo más importante de ellos es la parte que no se ve, pero que todos sabemos que existe. Igual que con la economía, su mayor poder es el mercado negro y la economía sumergida que controlan sin pedir permiso a las instituciones», comenta un periodista iraní que prefiere mantener el anonimato.
Golpe de estado«Fíjate en las reuniones de ministros o en las delegaciones iraníes que viajan al extranjero. ¿Qué te llama la atención? Apenas se ve un turbante. Los religiosos han ido desapareciendo de la cúpula del régimen para dejar su espacio a paramilitares», asegura un diplomático europeo con larga trayectoria en Irán, que asegura que «incluso están ya por encima del propio Líder Supremo, al que según sus principios deben ser fieles». Esta transferencia de poder fue denominada «golpe estado» por la oposición tras las pasadas elecciones en las que Mahmoud Ahmadineyad resultó reelegido tras un polémico y poco transparente recuento de votos.
El presidente fue miembro del cuerpo y desde su llegada al poder en el año 2005 no ha parado de incorporar a ex compañeros a los puestos de poder, lo que ha supuesto el salto definitivo de la organización del campo puramente militar al político y económico. En un intento de frenar su expansión, el presidente George Bush decidió en 2007 emitir una orden presidencial por la que se incluía a este cuerpo de élite en la lista de organizaciones terroristas debido a su «apoyo a grupos terroristas en Oriente Medio». Bush se refería al apoyo de Irán a Hizbolá, en Líbano, y a la Yihad Islámica y Hamás, en Gaza y Cisjordania, apoyo canalizado a través de las brigadas Qods, el brazo internacional del Pasdarán, con una influencia decisiva también en las Brigadas Badr iraquíes.
«Son los auténticos creadores de la guerra asimétrica. La mejor defensa de Irán son ahora cuerpos hermanos del Pasdarán como Hizbolá. A nivel interno, además, cuentan con la base social del basij, la milicia islámica que ha sido la auténtica encargada de reprimir la revuelta verde en las calles», opina uno de los miembros de la campaña del candidato reformista Mir-Husein Musavi, ahora en el exilio. Un tercio del actual parlamento iraní es Pasdarán, en activo o en la reserva, y en el nuevo Ejecutivo de Ahmadineyad no hay cartera que no esté en manos de un compañero de la Guardia Revolucionaria.
Si en el plano militar controlan el programa balístico del país, en el económico han aplicado su carácter populista y autoritario en el que todo está justificado en nombre de «la sagrada defensa de la revolución» y se han hecho casi con el monopolio de sectores estratégicos como el de la energía y las telecomunicaciones. Aunque su opacidad impide conocer la dimensión de su control sobre el capital del país, algunos analistas aseguran que la Guardia Revolucionaria podría controlar el treinta por ciento de la economía nacional.
En Sistán-Baluchistán y en el Kurdistán iraníes se enfrentan a la misma fórmula que ellos han aplicado en Líbano con Hizbolá. Grupos minoritarios como Jondolá y el PJAK, a los que acusan de recibir financiación occidental y contra los que libran una auténtica guerra. Siempre ocultos tras el gran telón de la república islámica, treinta años después de su creación guían los destinos de un país dividido en el que su mano dura y disciplina ha sido un factor fundamental para evitar el colapso del sistema.
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