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Arte bio-terrorista después del 11-S
Steve Kurtz (segundo por la derecha) observa la instalación que retrata su pesadilla / R.V.
Cuando Steve Kurtz marcó el número para notificar compungido que su esposa acababa de fallecer no sabía aún que era un terrorista. Como el Gregorio Samsa que se despertó insecto en «La Metamorfosis», Kurtz tampoco sabía que era Kafka quien iba a visitarlo aquella dolorosa mañana, ni que el gran hermano orwelliano puede comer pizza vestido con escafandra bioquímica.
Pero era la Norteamérica traumatizada de 2004, la de la paranoia natural y la irresponsablemente orquestada, y al profesor de Artes Visuales se le iba a ir, con su mujer Hope, la esperanza realmente en un mundo normal y en el tiempo que le ha tocado vivir.
Personados en el domicilio los médicos, dieron la alarma a la policía al observar instrumentos de laboratorio y cultivos extraños: «Seguían el protocolo post 11-S y el Patriot-Act». «Les expliqué quién era, mi especialidad en bio-arte», argumenta el profesor, pero antes de terminar estaba detenido y «un escuadrón preparado para la guerra biológica asaltaba mi casa».
Colosal sobreactuación
Cuando se lo llevaron «el jefe del FBI estaba ofreciendo ya entrevistas a la CNN delante de casa». Paul Cambria, el abogado del célebre Larry Flint y que ha ganado ahora su caso a los tribunales, lo califica como «la colosal sobreactuación de un estado». Lo que quedó de aquellas horas de angustia, bajo el foco de la sospecha de una América que, en su afán patriótico, buscaba terroristas entre sus vecinos, es una pila de basura y olor a pizza revenida.
Y éste es finalmente el mensaje artístico de una tragedia personal, «convertida políticamente en circo», explica Kurtz, y trasladada ahora como montaje conceptual al gran público de Berlín en la instalación educativa «Seized» («Aprehendido»).
La abracadabrante historia del hoy catedrático de Arte y Medios ha sido traída a Europa por el Art Laboratory, que dirigen en Berlín el fotógrafo Chris de Lutz y la historiadora del arte Regine Rapp, y el centro de la misma es la montaña de restos que dejó a su paso la legión de agentes del FBI y otros coloridos cuerpos, conocidos como la Joint Terrorism Task Force.
Decenas de cajas de pizza, entre guantes de látex, máscaras y monos antibacterianos, cientos de botellas de Gatorade, Fantas y Red Bull, «los agentes de servicio sólo beben refrescos, tampoco fuman», chupachúses y algún puro dominicano, recogido y enmarcado, debía ser de algún mirón. También están los esquemas operativos dejados detrás por los agentes y los libros sobre cultivos que asustaron a los visitantes. Paradójicamente, Kurtz, que trabaja sobre una ultramoderna especialidad que funde ciencia, tecnología y arte, preparaba con ellos un libro sobre los nuevos miedos sociales que emanan de nombres crípticos como el ántrax o la gripe A: «Les enseñó reseñas de prensa y catálogos de mis exposiciones».
Kurtz (53) concibió la instalación como «una explicación debida a mis vecinos de Buffalo», que tan bien respondieron ante su odisea, y cuenta a ABC que él y Hope habían fundado años antes el Critical Art Ensemble, un conocido grupo de protesta artística y medial que ha realizado instalaciones y publicado obras como «Digital Resistance: Explorations in Tactical Media» o «Electronic Civil Disobedience and Other Unpopular Ideas». Una de las acusaciones estribaba en porqué el CAE estaba inscrito como colectivo y no como individuos.
Abuso y sospecha
En vez de penar por su esposa, que había fallecido esa noche de infarto durmiendo, Kurtz estuvo dos días detenido, el cadáver de Hope otros tantos, su casa tomada durante una semana y toda la calle sellada, acusado de actividades peligrosas contra el estado y sus la vida de sus semejantes. «De modo natural me encontré con la desconfianza: vale, un error, pero ¿y si hubiera sido verdad?», y recusa que «esa aceptación del abuso y la sospecha mina nuestra sociedad tanto como el terrorismo».
Sus colegas en la Universidad de Nueva York y en la de California intentaron salir en su defensa, «mi departamento respondió públicamente ofreciéndome la cátedra, donde era ayudante». Científicos como Robert Ferrell, catedrático de genética en la universidad de Pittsburgh han protestado al fiscal general por la audaz ignorancia con que jefes policiales sin conocimientos están sembrando sospechas sobre «sectores de los que depende, por ejemplo, la lucha contra el cáncer».
Pero, pese a que un gran jurado se negó a juzgarlo por «bioterrorismo» y haber ganado un caso «en el que se han tirado millones de dólares del contribuyente», Kurtz no duda que todos sus nombres han quedado manchados. «El arte era el objetivo. Alguien pretendía claramente ponernos a raya». Y el artista siempre es ejemplar. Ésa es la razón de esta exposición, sólo antes vista en Nueva York, y de la película «Strange Culture» que ha rodado Lynn Hershman Leeson.
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