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Viernes, 23-10-09
ANTONIO WEINRICHTER
La casi legendaria reputación de Terry Gilliam para sobrevivir a los desastres que asuelan sus producciones, de Brasil a su inacabada versión del Quijote, le ha convertido en una figura casi, bueno, quijotesca. De hecho, el imaginario de la novela cervantina planea por no pocos de sus films, de forma directa en «El rey pescador», y de forma indirecta en la reivindicación de la fantasía frente al realismo que constituye el tema de muchos de sus otros títulos... y alimenta su desmedida ambición al plantearlos: Gilliam es cualquier cosa menos un visionario barato. Aunque tiene algo también del hidalgo en sus horas bajas, cuando nadie se interesa ya por las historias que cuenta en su desvencijada barraca de feria (uno de los grandes hallazgos de diseño de la función), el Dr. Parnassus es más bien un Fausto que ha vendido el alma (de su hija, más que la suya propia) a un Mefistoféles que encarna el cantante Tom Waits con el mismo sentido de divertido desmadre y cool autoparódico que Johnny Depp haciendo de pirata.
El desastre le sobrevino a Gilliam con la inesperada muerte de Heath Ledger, que hace (durante un trecho) el papel del visitante que ayuda, aunque no sea trigo limpio del todo, a Parnassus y a su entrañable troupe en su épica lucha con los molinos del diablo. La tragedia paralizó el rodaje pero luego Gilliam encontró la forma de paliarlo, espesando el casting de la película hasta lo rutilante. Un selecto grupo de astros, amigos de Ledger o del propio cineasta, se avino a sustituir al protagonista, una licencia artística que exhibe una lógica perfectamente impecable: por exigencias del guión, que transcurre a ambos lados de un espejito mágico, se producen una serie de transformaciones maravillosas dignas del sombrero conejero de Mélies, o quizá del Buñuel de «Ese oscuro objeto de deseo», que no dudó en usar a dos actrices para un mismo personaje.
El mundo que soñó Gilliam para el otro lado del espejo, en donde todo es posible, exhibe una envidiable potencia visual (pero eso es una marca de la casa), una lógica onírica que envidiaría un Tim Burton y un lado siniestro que se entrevera con alguna irrupción del universo del antiguo grupo del cineasta, los Monty Python (el número musical de los policías, alguna pincelada de animación).
En el mundo real, ese Londres tan inhóspito en sus chabolas y callejones como en sus fríos edificios corporativos, Gilliam tampoco se bandea mal, gracias a actores como el longevo Christopher Plummer o la novata Lily Cole, gracias también a su constante y nerviosa inventiva. Pero aquí su sentido del exceso (éste es un cineasta que utiliza el gran angular, el abigarramiento de la imagen y el zarandeo del encuadre como un Welles anfetamínico) puede encontrar mayor dificultad para suspender la incredulidad del espectador no ganado para las quijotescas causas perdidas de Terry Gilliam.
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