El 18 de julio de 1928 tuvo lugar «la celebración solemne» de la apertura de la estación internacional de Canfranc. Entre el aplauso de las comitivas oficiales y el lustre de medallas, condecoraciones y charreteras (entre ellas, las del Rey Alfonso XIII y el general Primo de Rivera) se ponía punto final a la que había sido una de las mayores ambiciones de la época: crear un paso ferroviario bajo el puerto de Somport que uniera a España con Francia.
Gracias a ABC podemos descubrir la intrahistoria de unas obras que, entre la construcción del túnel y la estación internacional, se prolongaron 17 años. Fue, según lo describía este periódico el mismo día de la inauguración, una lucha contra las fuerzas naturales en la que «árido ambiente de trabajo» no daba tregua: además de perforar el túnel de Somport, hubo que desviar el curso del río Aragón, construir una red de alcantarillado y levantar muros de contención. También se repoblaron las laderas, esquilmadas tras siglos de deforestación, para evitar los desprendimientos y aludes de nieve que acechaban, desde las escarpadas laderas, a los obreros y mendigos que habían acudido desde todos los puntos de España con la promesa de un jornal.
La vida dentro del túnel
Al frente de todos ellos destacaba la figura frágil del ingeniero Ginno Ballatelli, «un niño cuando llegó a los Arañones a regir aquel mundo de trabajadores venidos de todas partes y quizá, quizá, lo peor de cada casa» (ABC, 18 de julio de 1928, página 3).
Nadie era de fiar. Las conversaciones estaban cargadas de desaliento, suspicacias y preocupaciones constantes. Para buscar distracción, Ballatelli se sumergía en la lectura de clásicos españoles, siempre que la suerte no le deparara un «interlocutor comprensivo». Sus únicos compañeros inseparables eran un revólver y una guardia de leales que había montado para combatir la amenaza de los «rebeldes y desesperados».
En otras ocasiones, el golpe lo propinaban los elementos. «Ballatelli hubo de pasar días y noches enteros con agua de nieve a la cintura estudiando y dirigiendo». En eposidios como estos también perecieron docenas de obreros, cuyos nombres se quedaron a las puertas de las linotipias de la época.
La aduana de Somport fue cerrada durante los años de Guerra Civil para reabrirse en 1940, cuando comenzaría su periodo de mayor esplendor y, también, más rico en leyedas: según los documentos hallados por un ciudadano francés en una vía muerta, la estación fue lugar de paso de, al menos, 45 trenes repletos de objetos robados por los nazis durante la II Guerra Mundial. En 1970, Canfranc se cerró definitivamente al tráfico internacional, sumiéndola en el absoluto abandono.