Valoración:
Rodrigo Fresán publica «El fondo del cielo», una historia de amor imposible que juega con la realidad como ciencia ficción
«No me gustan los escritores que barren debajo de la alfombra»
El escritor Rodrigo Fresán /JUAN MANUEL SERRANO ARCE
«El fondo del cielo»
Rodrigo Fresán
Mondadori (Barcelona, 2009)
288 páginas
18,90 euros
¿Quién es Rodrigo Fresán?
Rodrigo Fresán nació en Buenos Aires en 1963 y es autor de Historia argentina, Vidas de santos, Trabajos manuales, Esperanto, La velocidad de las cosas, Mantra, Jardines de Kensington y El fondo del cielo. Varios de ellos han sido publicados, con gran éxito de crítica, en numerosos países. Fresán vive desde 1999 en Barcelona, colabora para numerosos medios periodísticos nacionales y extranjeros, y ha traducido, prologado y anotado libros de Ann Beattie, Roberto Bolaño, John Cheever, Denis Johnson y Carson McCullers, entre otros. En la actualidad, Fresán dirige la colección de literatura criminal Roja & Negra y trabaja en su próximo libro: La parte inventada.
Actualizado Viernes, 23-10-09 a las 09:18
Joan Margarit habla del amor en un poema como un asunto de las últimas páginas: «Ningún otro final estaría a la altura de tanta soledad», dice. Ese verso le viene como un guante a la nueva novela de Rodrigo Fresán, «El fondo del cielo» (Mondadori). Se trata de un libro de amores casi imposibles (existen), capaces de trastocar todo nuestro universo. El mundo presente se convierte en una trama de ciencia ficción y la humanidad -cuántas cosas tiene, además del amor, de extraterrestres- convierte en realidad casi todas sus pesadillas sobre el fin del mundo. Pero el libro atrapa nuestro corazón como lo hace un poema.
-¿Por qué dice que no ha escrito un libro de ciencia-ficción sino, en todo caso, una novela con ciencia-ficción?
-El libro es más una «rara avis» para un escritor español que para un argentino, en el sentido de que la gran tradición de la literatura argentina pasa por el género fantástico; no tenemos esa especie de problema púdico con la literatura fantástica. Borges, Bioy Casares, Piglia, Cortázar, Lugones... No hay gran escritor argentino que no haya dado una vuelta por la anticipación o la fantaciencia o como queramos llamarla. Pero cuando yo me puse a escribir, mi primera intención era contar una historia de amor.
-Aunque fuera con ciencia-ficción...
-Hubo una primera versión mucho más larga y, si bien a la versión final no le falta nada de lo que hubo en la anterior, lo cierto es que detecté el riesgo de que se convirtiera en una novela de género, donde la ciencia-ficción ocupaba un espacio más enciclopédico, con más detalles, escritores y películas. En algún momento me di cuenta de que ése no era el idioma que le correspondía al libro, sino otro más cercano a la poesía, la melancolía, lo crepuscular, donde lo que priman son los sentimientos. Y finalmente el amor como la cosa más extraterrestre que hay, y como una forma de invasión...
-Al escribir del amor con ciencia-ficción, crea una con-ciencia-ficción, una mirada específica sobre otras cosas raras, casi extraterrestres, que nos ocurren.
-El libro se construye desde una profunda melancolía, casi derrota, porque lo que finalmente narra «El fondo del cielo» es el momento en el que el futuro deja de ser recurrente, cuando nos damos cuenta de que los extraterrestres no nos van a salvar, y ni siquiera van a invadirnos, y que básicamente cada ser humano se está convirtiendo en un extraterrestre de sí mismo, encerrado, con dependencia del teléfono móvil, con los ordenadores en casa, con todas estas cosas que tres generaciones atrás eran pura ciencia-ficción. Lo más clásico de todas las películas del género era hablar con alguien al que vemos en una pantalla. Jamás pensé, cuando era niño, que tener un ordenador en casa fuera a ocurrirme a mí.
-Lo interesante es que soñar con el futuro siempre amenazaba con la pesadilla, pero ya es rutina.
-El futuro pasó, y vivimos en él. Paradójicamente, el mío es un libro de ciencia-ficción que se preocupa más por el pasado porque el pasado se ha vuelto más interesante que el futuro. Es lo que hacían, en definitiva, los escritores que siempre me interesaron más: Ballard, Dick, Vonnegut, que es uno de mis ángeles tutelares.
-Se diría que la ciencia-ficción le permite romper los límites de la realidad, como ocurrió con Don Quijote y los libros de caballería...
-Sí, claro, y también comparte la temática con los grandes textos religiosos: la importancia de lo que viene desde los cielos. La primera manifestación de ciencia-ficción tiene lugar en el momento en el que cae un rayo, algo arde y pasa un tipo que interpreta que aquello se lo han enviado, o descargado desde otro planeta. Toda suposición de este tipo está poniendo de manifiesto la ausencia de Dios y la necesidad de que haya alguien que nos guíe o que nos destruya, nos castigue por completo. Siempre queremos poner esa instancia en un ser superior. Lo curioso es que las cosas que solíamos adjudicar a los extraterrestres, como no sucumbir a las enfermedades o vivir muchísimos más años, o conocer al detalle el ADN, ¡incluso destruir el planeta Tierra! ya lo estamos haciendo nosotros de manera muy organizada.
-Pero además de esta visión cenital del exilio de Dios, hay mucho juego con tradiciones literarias, fuera del género, se dice que con Bioy Casares, o incluso está esa imagen de una calavera riente bajo el rostro de la tristeza, que suena un poco a.. ¿Quevedo?
-Más que a Quevedo lo que hay detrás de esa imagen es la parte moral de Kurt Vonnegut, capaz de contarte las cosas más espeluznantes del ser humano con las cejas enarcadas y una sonrisilla. El otro héroe secreto del libro, sin duda, es Adolfo Bioy Casares, de quien el libro incluye dos homenajes, sobre todo a «La invención de Morel», que es también una historia de amor imposible, y a «El sueño de los héroes», que es la recuperación de un momento perdido en el tiempo. Por Bioy siento admiración, tuve la fortuna de conocerlo y tratarlo durante bastante tiempo y cuando digo que es un escritor más pleno e interesante que Borges.
-Su obra siempre estuvo bajo la sombra algo monstruosa de Borges
-Bioy siempre fue un Robin del Batman que era Borges, de una manera bastante injusta; pero Bioy tiene justamente una cosa que le falta a Borges, y que es una cosa que yo no tenía, o que tenía tapada y que me preocupe de cultivar precisamente para este libro, que es el mundo de los sentimientos y las emociones amorosas. Borges es una especie de androide extraterrestre en este sentido. Su reino no es de este mundo. En cambio Bioy es más terreno y sentimental.
-Borges, Silvina Ocampo y Bioy formaron una influyente sociedad literaria y los personajes del libro, un grupo de fanáticos de la literatura sci-fi son un trasunto, con sus alianzas y amores posibles e imposibles, de aquellos...
-Sí, claro. También hay algo de eso. Mire. ayer me hicieron la típica pregunta cretina: «Define el libro en una línea» y después se me ocurrió «Una historia de amor metida en un traje espacial». Hay un traje pero lo que está dentro no es un astronauta, sino una historia de amor. Me gustan también las tres voces del libro -no revelemos más de su mecánica para no estropear el final...
-Se trata de hacer de algún modo posible el viejo sueño de la humanidad: que el amor sea eterno...
-Sí... Y de contar en una visión noble el fin de un planeta. «Así fue como nos extinguimos, pero no sólo derribábamos torres con aviones...» Pero hablar del amor en este contexto era mi gran desafío. Cuando entregué el libro yo pensaba que iba a ser demasiado raro para mucha gente. Pero todos me dicen que se emocionan. Me gusta la literatura que te enseña a respirar con el libro.
-Pero en «El fondo del cielo» se rompen algunos límites. La idea cómo le llegó, ¿de «arriba»?.
-Guardo un cuaderno de cada libro que escribí, con anotaciones del proceso. Ahora se ha reeditado «Historia Argentina» y estuve ojeando el cuaderno correspondiente, 20 años después de escribirlo. Hay frases que ni siquiera sabes ya qué significan, pero al final hay una anotación solitaria en una página en la que dice: «Contar en un libro todos los finales del mundo». Y este es el libro que he escrito ahora. «Historia Argentina» acaba borrando mi país como la materia informativa de un ordenador. En «El fondo del cielo» hay otra frase: «Todo escritor tiene que, al menos una vez en la vida, destruir el planeta». En realidad ahora lo he destruido unas quince veces.
-Pero aquí el fin del mundo es singular.
-La idea del fin del mundo como cataclismo que ocurre en cinco minutos no me convence. El mundo se está acabando continuamente, uno empieza a morirse desde que nace, y esta voluntad piadosa de fin del mundo continuo, como en cámara lenta, permite también infinitos génesis. Llevamos fines del mundo ya, el Holocausto, la peste bubónica, el 11-S. De algún modo siempre salimos arrastrándonos entre las ruinas.
-Hay muchas anclas con la realidad, el 11-S, la guerra de Afganistán. ¿Cada vez somos más extraterrestres...?
-Me contó Jonathan Lester que Ron Hubbartd, el escritor y fundador de la Cienciología, escribía unas muy malas novelas de ciencia ficción y que se reían de él. Hasta que un día amenazó: ustedes sigan jugando con sus libros, ya verán, un día yo fundaré una religión y seré Dios...
-El libro tiene un sabor de poema, aunque sea con ciencia-ficción. ¿Es algo buscado?
-Soy mucho menos lector de poesía de lo que pueda parecer. Entré por los songwriters, Dylan, Cohen... A la gran poesía entré por los discos de Serrat, Ibáñez, pero sí me interesan mucho los escritores de ficción que vienen de la poesía, como Ondaatje, Denis Johnson, Anne Michaels, Bolaño..., gente que se formó en la poesía y escribe ficción. No me siento poético. Soy completamente bruto. Y, aún así, me intriga que en la prosa hay una serie de mandamientos que permiten saber si algo es bueno o malo. Pero ¿cuando una poesía es buena o mala? ¿Cómo sabemos eso?
-En los agradecimientos, usted comparte muchísimas cosas, además de dar las gracias, músicas, libros, películas, pensamientos, párrafos...
-Hay que agradecerlo todo, aunque haya a quien le irrita. El libro tiene dos escenas reescritas y hay que reconocerlo. Además, para mí es una forma de evangelismo, andar predicando la buena nueva de cosas que me gustaron con el fin de compartirlas con los lectores. Es decir, no me gustan los escritores que barren debajo de la alfombra todas las ayudas y todas las fuentes.
-¿Para qué sirve la literatura en un mundo tan extraterrestre como el nuestro?
-Salvo en las películas de Disney, contar historias es lo que nos distingue de los animales. Yo no creo en el escritor comprometido políticamente. Cuando se meten en política los escritores escriben peor, por contaminación, porque la política es una mala mezcla. La literatura, además, es una actividad claramente burguesa, porque tú quieres tener un buen lugar para leer y donde estar cómodo, con los libros en tu biblioteca. Hay oficios mucho más cercanos a lo social que la literatura. Pero también es cierto que el escritor cumple una función, como la que cumple un dentista o un carnicero: su función es nutrir de historias a la sociedad, para que tú, que nunca en tu vida te enrolarás en un ballenero a la busca de una ballena blanca, puedas tener esa experiencia.
-O para estar dentro de las Torres Gemelas y en las calles de Manhattan, como en su libro...
-La literatura es la más íntima y democrática de las artes porque, incluso leyendo el mismo libro, cada uno de nosotros concibe de manera diferente la historia, remueve diferentes sombras.
-Lo importante entonces es que la función social del escritor se parezca más a la del dentista que a la salvífica del sumo sacerdote.
-Jamás me gustaría ocupar ese lugar. El escritor predicador desde el púlpito anunciando el juicio final me repele. Además suele ser al final de su vida cuando determinados escritores adoptan esta actitud. Me da la impresión de que lo que desean es que se acabe todo con ellos... ¡Por favor! ¡Despídanse con alegría! Me quedo con el símil del dentista que es muy apropiado, porque la literatura también ejerce algo de dolor, aunque no es porque el escritor te quite dientes, sino más bien porque te pone...
-¿Y cree en el Kindle?
-Es una herramienta agradable, pero más bien creo que el libro es, con la rueda, uno de los mejores inventos de la civilización. Cambia, evoluciona, pero el mecanismo es el mismo. El libro es una puerta que te invita a pasar, pero la pantalla es como una ventana que sólo te invita a mirar. Cuando el Kindle te ofrezca exactamente la misma sensación de dar vuelta a la página, holográficamente, no virtual, podremos empezar a hablar. Me encantan los libros, incluso cuando aparecen en sitios donde tú no los dejaste. El único momento en que los odio son las mudanzas.
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