Miguel Ángel Serrano. El Tercer Nombre (Madrid, 2009). 232 páginas. 18 euros

«El hombre de bronce», una novela de Miguel Ángel Serrano /ESTELLE TALAVERA BAUDET
Actualizado Miércoles, 21-10-09 a las 10:30
La escritura de Miguel Ángel Serrano destaca por su capacidad de permanencia. Es la suya una prosa clásica, aunque no rancia, y profunda, pero nunca tediosa. Aborda aspectos inmutables de la naturaleza humana, lo que permitirá que sea leída con idéntica devoción dentro de varias décadas. Su trayectoria empieza a ser larga. Este «Hombre de bronce» está precedido por obras tan sólidas como «Jardín de espinos», donde también narraba las consecuencias inevitables de la madurez. Incluso se agradece el silencio que rodea a su crecimiento narrativo, que tal vez permita una evolución libre, ajena a las modas y las presiones del mercado.
«El hombre de bronce» aborda, ante todo, las distintas reacciones que provoca lo inevitable, lo que resulta de agradecer en un panorama como el actual, donde prescindir de la trascendencia parece una premisa ineludible de modernidad. Aunque la historia se sostenga por sí misma -gracias a una sucesión de peripecias bien armadas, que no prescinden de la violencia ni del suspense y permiten un segundo itinerario- es una novela de personajes, cuyos sentimientos y reflexiones quedan descritos con mimo y una asombrosa cantidad de matices, plenamente reconocibles por el lector.
Protagonistas individualesEn «El hombre de bronce» encontramos, por lo tanto, compasión de la mejor especie. Es un recorrido por todos los sentimientos, desde el dolor más intenso a la necesidad urgente de ternura. La precisión no provoca una descripción forense y consigue momentos de intensa emoción. Evita el morbo incluso en los momentos más complicados, más tendentes a la exhibición desmedida de sufrimiento, como aquel que muestra a una madre vistiendo a su hijo muerto. Además regala una mirada plenamente verosímil de la sorpresa y el dolor que origina un atentado terrorista. La causa fundamental es la individualización de los protagonistas.
Protagonistas individualesEn «El hombre de bronce» encontramos, por lo tanto, compasión de la mejor especie. Es un recorrido por todos los sentimientos, desde el dolor más intenso a la necesidad urgente de ternura. La precisión no provoca una descripción forense y consigue momentos de intensa emoción. Evita el morbo incluso en los momentos más complicados, más tendentes a la exhibición desmedida de sufrimiento, como aquel que muestra a una madre vistiendo a su hijo muerto. Además regala una mirada plenamente verosímil de la sorpresa y el dolor que origina un atentado terrorista. La causa fundamental es la individualización de los protagonistas.
El lector, por lo tanto, como en las mejores novelas, halla aquello que no sabe describir por sí mismo pero siente, ha sentido o sabe que sentirá. Serrano utiliza un narrador en tercera casi omnisciente, pero no molesto ni caduco. Resulta similar, en sus especulaciones y afirmaciones sobre el protagonista y su entorno, al que utiliza Coetzee en «Desgracia». También, como el sudafricano, muestra las desventuras de un hombre cansado, devorado por el tiempo y sus propias obras, convertido en esa estatua, maciza y gastada que menciona el título.


