Cuesta trabajo encontrar un ciudadano que haya votado en el bazar de Kabul. En torno al río de la ciudad miles de vendedores ofrecen su mercancía en uno de los lugares más vivos de la capital. «No tengo carné de identidad», «¿elecciones?», «aquí mandan los americanos, nadie más»... son algunas de las respuestas que obtiene el extranjero cuando pregunta sobre un proceso ajeno a la población. La Comisión de Quejas hizo público su informe y lo colgó en su página web, pero la inmensa mayoría de este país no sabe lo que es internet, y los que lo saben, no tienen ordenador en casa y, si lo tienen, carecen de conexión.
«No se puede exportar la democracia a Afganistán como si fuera un producto del que basta con leer las instrucciones para ponerlo en marcha», opina un funcionario de un organismo internacional con larga trayectoria aquí. Pero el proceso está en marcha y, con la ley electoral en la mano, si finalmente se confirma de forma definitiva la derrota de Karzai, será necesario recurrir a una segunda vuelta.
«Estamos preparados», dicen desde la Comisión Electoral. Desde que el anuncio sea oficial, el plazo para convocar la segunda vuelta es de dos semanas, con lo que ya sería en noviembre. Las papeletas, la tinta y las urnas están a buen recaudo, pero las complicaciones logísticas para que lleguen a cada colegio electoral serán mayores que en agosto con la llegada del invierno.
Los medios materiales están listos, pero ni la seguridad, ni la limpieza del proceso se pueden garantizar en un país con más de la mitad de su territorio bajo influencia talibán. A la insurgencia hay que sumar además el descontento entre los grupos étnicos.


