Martes, 20-10-09
EN plena transición, poco después del Estatut y poco antes del pujolismo, Antoni Ribas rodó «Catalans universals», documental con entrevistas a Pau Casals, Montserrat Caballé, los doctores Puigvert y Barraquer, Tàpies, Miró, Dalí, Espriu, Charlie Rivel, Josep Lluís Sert, Joan Oró... Eran tiempos en que la autoestima catalana, tras décadas de ostracismo, contaba con una galería de personajes capaces de mover a la admiración por un pasado asociado a la evolución creadora del país.
La autoestima está bien si no degenera en autocomplacencia y nos tememos que hogaño podríamos hacer una contra-lista de aquellos «catalanes universales». La mirífica narración de la excelencia catalana dio paso a una peligrosa autoindulgencia. Y resultó que las nuevas clases directoras no llegaban a la suela de los zapatos a los personajes del documental. Surgió el victimismo ante cualquier crítica y el patriotismo fue el último refugio de las canalladas. Un repaso a la actualidad nos ilustra en qué paró tanto «cofoïsme» y tanto disimulo ante los errores autóctonos. En lenguaje bíblico, en Cataluña veíamos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Ahí está el juicio por los presuntos sobornos a los inspectores de Hacienda con el constructor y expresidente Núñez, Javier de la Rosa -otrora «empresario modelo» según Pujol- y el abogado Folchi: exmiembro de la junta barcelonista y entonces mano derecha del mandamás de Kio; o el caso Millet extendiendo sus pringosos tentáculos a Òmnium Cultural, la convergente Fundació Trias Fargas y la Agrupació Mútua; o, en el orden político, el derrochón Carod y sus viajes inútiles, para al final no acudir al entierro del último catalán universal digno de tal nombre: Vicente Ferrer.
Si los citados fueron pescadores del río revuelto donde la rapiña se encubre con la bandera catalana, las generaciones «emergentes» no se quedan cortas: educadas en la verborrea patriotera y con la «estelada» como recambio de la senyera, ya hacen de las suyas. Ahí tienen a Laporta: «milhomes» con antorcha fascistoide, espía a sus «delfines» y cultiva el sobado recurso del contubernio, tan propio de regímenes caudillistas: desde Franco a Berlusconi. Jan no para de agraviar a otras comunidades del Estado y si alguien se le revuelve aduce que «ens tenen ganes». El todavía presidente está condenado a pasar a la Historia: por haber sido el mandatario de la mejor etapa deportiva blaugrana y, al mismo tiempo, el más irresponsable que ha ocupado la tribuna del Nou Camp (superando, de largo, el listón de Gaspart).
A punto de cumplirse treinta años del documental de Ribas, podría rodarse otro con sus contrafiguras. Si los primeros eran realmente «catalans universals», los de ahora demuestran que en la historia universal de la infamia no existe el hecho diferencial.


