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Domingo, 18-10-09
ZAPATERO y Rajoy, aparentemente tan distintos, tienen un punto en común que les acerca e iguala. Discrepan más que en las ideas en su verbalización. Sus estilos difieren radicalmente; pero, en el fondo, ambos se disputan la propiedad de la herencia moral y filosófica de Luis XV de Francia. El amante y discípulo de madame de Pompadour acuñó una expresión maligna y desapegada, impropia de quien tiene responsabilidad de poder, que define con precisión el pensamiento y la estrategia políticos de los líderes del PSOE y del PP: Aprés moi le déluge. Después de mí, el diluvio. Cualquiera de las dos interpretaciones de tan celebérrimo aforismo, el descuido del presente o el desprecio del futuro, le cuadra a los dos personajes y, de hecho, viene siendo el alma de sus respectivas conductas públicas como rectores de los dos grandes, y únicos, partidos nacionales.
Mariano Rajoy, el hombre que hace tortillas sin romper huevos, ha conseguido, sin verlas venir y dejándolas pasar, que su partido se desgaste tanto en la oposición como el de su adversario en el poder. Lo nunca visto. Es imposible gestionar con menos tacto asuntos como el «caso Gurtel» o asistir con mayor impasibilidad a un proceso de descomposición interna que ya fragua serías contestaciones y operaciones de desapego y fuga como la de Montserrat Nebrera en Barcelona. No parece importarle mucho al del PP que, cuando llegue el próximo diluvio, los polvos de hoy se conviertan en inmenso lodazal. Pero así será.
Ese diluvio que viene tampoco le inmuta a Zapatero. Después de haber cubierto su propia retaguardia con la contención y distanciamiento de sus potenciales sucesores en el liderazgo socialista, no maneja ideas y ha prescindido de los principios clásicos del PSOE. Está consagrado a su perpetuación en el cargo y, dándole lo mismo ocho que ochenta, igual saca adelante unos Presupuestos en simonía con el PNV que sobrevive a las crisis que nos han colocado a la cola de Europa. Tanto le importa falsificar la Historia como agitar al vecindario con una nueva ley sobre la interrupción del embarazo que no demanda nadie, ni los suyos. Curiosamente, como ayer se vio en Madrid, al hombre que ha renunciado a los principios con una táctica soez y electorera la contestación le llega por una reivindicación moral de la ciudadanía que grita en la calle para ejercer, cuando menos, el derecho al pataleo.
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