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Después de la pitada en el desfile de Madrid, el zoco de Damasco le sirvió de escenario para un baño de masas. No aclara si transmitió a Assad un mensaje de Obama. Hoy se ve con Netanyahu y Abbás en Israel
Cuando a José María Aznar se le empezaron a torcer las cosas en España, allá por 2002, uno de sus asesores, Carlos Aragonés, pronunció una frase memorable: «presidente, menos Siria y más Soria». Eran los tiempos de viajes continuos por EE.UU., Oriente Medio y Europa, en busca de un papel para España. Salvados el paso del tiempo y los caracteres de ambos personajes, la frase podría serle aplicada a un José Luis Rodríguez Zapatero que ha pasado, en 72 horas, de la masiva pitada en el Desfile de la Hispanidad, el domingo, a los aplausos, ayer, en el zoco de Damasco. El presidente del Gobierno anda estos días inmerso en su gran viaje. Todo es «grande»: el papel de los padres fundadores de EE.UU, la democracia americana, la Mezquita de Damasco, la oportunidad de paz en Oriente Próximo, y Obama, por supuesto. Se le vio relajado, tanto como para acceder a darse un baño de multitudes, algo a lo que suele ser alérgico en España habida cuenta de cómo sale en muchos encuentros con la ciudadanía de a pie.
Turistas españolas y brasileñas pugnando por un beso, y damasqueños curiosos inmortalizándole en sus móviles componían la escena de un cortejo que hasta se detuvo a mirar alfombras y marroquinería. Venía de la Mezquita Omeya, a la que accedió sin quitarse el calzado en contra del ritual islámico de cumplimiento planetario. Como el resto de la comitiva, se conformó con cubrir sus zapatos con unos patucos de plástico cual los que dan a los visitantes de una UVI o un laboratorio.
Allí, imbuido por el misticismo, Zapatero abogó porque todas las religiones y culturas convivan en paz, palabra que no se le cae de la boca ni de los discursos. «Les deseo que sean felices y que sus palabras traigan la paz a toda la región: una paz de espíritu y de todos los seres humanos como hermanos», dijo al imán.
Y es que a la tradicional buena acogida que tienen en Siria los mandatarios españoles, antes González o Aznar, ahora Zapatero, se añade en esta ocasión el morbo, alimentado por él mismo, de suponerle portador de algún tipo de mensaje. Como en el clásico número de los ya desaparecidos «Tip y Coll», aquel de «porque soy un caballero, que si yo hablara...», el presidente eludió el tema con los periodistas españoles pero a Al-Jazeera sí le dijo, de forma críptica, conviene ser «discreto y prudente». «Se recurre a España muchas veces. España hace su trabajo y lo importante es que salgan los frutos», advirtió en una entrevista.
«Ya hay demasiadas citas»
En todas sus intervenciones guarda especial cuidado en no pisar el terreno del enviado especial de Obama en la región, George Mitchell. De hecho, ayer no quiso interferir las numerosas iniciativas puestas en marcha, una de las cuales ayer dio sus frutos: el acuerdo interpalestino entre Hamás y Fatah. Al respecto,no quiso hablar de España como sede de un Madrid II, al estilo de la conferencia de paz que en 1991 sentó las bases del acuerdo de Oslo (1994) porque la paz en la región es «una historia de fracasos» y, sobre todo, porque «ya hay demasiadas citas» abiertas.
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