«No hay ningún diálogo». La China oficial despliega su festivo imperio por la feria, mientras «los independientes» van de un foro a un debate y de éste a una entrevista en el rincón de los apestados: el Chinese Writers Point. Tienen el consuelo de recabar ahí alguna visita noble: Bei Ling estaba explicándose con este diario cuando apareció la nueva Premio Nobel de Literatura. «Sólo quiero estar con quienes lo necesitan», dijo Herta Müller, y se sentó entre Lea Zhou y Manyan Ng y en breve participaba en el debate.
La escritora de los sin patria, como ha sido calificada su doliente literatura de exilio, criticó que una institución como la Feria haya prestado su envidiado escenario a un régimen que «persigue a sus escritores y editores». Müller denunció que «igual que durante décadas pocos señalaron el terror de los regímenes comunistas, sigue habiendo hoy demasiadas dictaduras y demasiado silencio». La Nobel extendió su mano a los exiliados y recordó al artista Ai Weiwei, operado de gravedad en Múnich tras una paliza policial, «es triste que se relativice y se busquen compromisos ante China».
En el foro de Arte, poco después, tendría un emocionado recuerdo para el «maravilloso poeta» Oskar Pastior, también represaliado de la minoría germana de Transilvania. Con él como testigo, y su propia madre deportada en el recuerdo, viajó en 2004 a los campos de trabajo de Ucrania, de lo que saldría la novela «Atemschaukel (El columpio del aliento)» que ahora presenta.


