El Pentágono acelera la producción y entrada en servicio de su bomba convencional más destructivaš Se trata de un ingenio explosivo de quince toneladas, diseñado específicamente para la destrucción de búnkeres e instalaciones subterráneas

En lo que se ha bautizado con ironía disuasoria como el «plan B» para hacer frente a las ambiciones nucleares de Irán, el Pentágono ha decidido acelerar la producción y la entrada en servicio de la mayor bomba disponible dentro de su arsenal convencional. Un ingenio explosivo de quince toneladas de peso diseñado específicamente para aniquilar búnkeres e instalaciones subterráneas.
La nueva y gigantesca bomba, guiada con la ayuda de satélites, es conocida en la jerga militar por el acrónimo MOP (massive ordinance penetrator) y estará dotada con 2.400 kilogramos de sofisticados explosivos. Con estimaciones que apuntan a un poder destructivo diez veces superior al modelo BLU-109 que aspira a reemplazar. Es decir, la bomba más grande fuera del arsenal nuclear.
El Departamento de Defensa, entre cientos de gastos mundanos, ha asignado un presupuesto de 52 millones de dólares para disponer de este contundente recurso bélico a bordo de sus bombarderos B-2, de tecnología invisible a los radares. De acuerdo al calendario barajado en Washington, la bomba, cuyo desarrollo empezó con la Administración Bush, podría formar parte de las opciones de la Fuerza Aérea de EE.UU. a partir del próximo verano.
Prioridad urgente
Los responsables del Pentágono han reconocido que la nueva bomba está pensada para eliminar instalaciones fortificadas y subterráneas, como las utilizadas por Irán para el desarrollo de su inquietante programa nuclear. Pero con insistencia en que nadie debe darse por aludido pese al carácter urgente asignado a este proyecto. Según recalcó Geoff Morrell, portavoz oficial del Departamento de Defensa, «se trata de una opción militar que pensamos es necesaria en nuestro arsenal dado el mundo en el que vivimos».
La Administración Obama, sin descartar posibles opciones militares, ha venido insistiendo hasta ahora en que prefiere avanzar por la senda diplomática en lo que se refiere al desafío nuclear de Irán. Con la opción inmediata de endurecer sanciones en el marco de la ONU si fracasan los actuales esfuerzos negociadores con la teocracia de Teherán.
En el pasado, la cúpula militar de Estados Unidos expresó su reluctancia al uso de la fuerza para conjurar el riesgo de proliferación nuclear planteado por Irán. Con el propio secretario de Defensa, Robert Gates, al frente, ya que reconoció recientemente que un ataque contra la infraestructura nuclear desarrollada por Teherán sólo serviría para ganar un poco tiempo.
Con todo, las tensiones con Irán se dispararon el mes pasado al trascender el proyecto de construir una segunda planta subterránea de enriquecimiento de uranio, junto a la ciudad sagrada de Qom. Esta táctica de enterrar instalaciones críticas es también atribuida a Corea del Norte, que ya ha sido capaz de producir sus propias cargas no convencionales.
Sesenta metros
La nueva bomba del Pentágono, construida por la compañía Boeing, está diseñada para barrenar, antes de estallar, unos sesenta metros bajo tierra con el fin de llegar hasta objetivos recubiertos de hormigón armado. El artefacto mide 6,2 metros de largo y tiene un diámetro de 80 centímetros. Con posibilidad de ser lanzada tanto desde un B-2 como desde un B-52.
En el verano de 2006, el Pentágono realizó un ensayo en el desierto de Nevada con una carga explosiva sin precedentes, de 700 toneladas de emulsión de nitrato de amonio y gasóleo, con el fin de estudiar la mejor forma de atacar objetivos subterráneos. Empeño que se enfrenta a la frustración estratégica de que resulta bastante más fácil construir búnkeres a cada vez mayores profundidades que producir bombas efectivas para su destrucción.




