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Publicado Martes, 13-10-09 a las 05:46
DE todas las instituciones que participan en los actos del 12 de Octubre, el Ejército es la única que no elige a sus jefes y la única también que no tiene derecho a reprobarlos. Por respeto a su obediencia debida esa sola razón debería bastar para contener las ganas de abuchear en presencia de las Fuerzas Armadas a quien eventualmente las manda. Si sobran motivos para abroncar al presidente del Gobierno, en libre aunque no muy educada expresión de opinión pública, también sobran en el calendario fechas más apropiadas y ocasiones menos incómodas para quienes se ven obligados a servir de involuntarios testigos de una escena como mínimo embarazosa.
La repulsa sonora a Zapatero va camino de convertirse en parte del programa de actos de la parada militar, que ya de por sí constituye para el presidente un desayuno de digestión pesada. Ocurre que el alboroto desaira una liturgia unitaria de Estado que conviene normalizar precisamente porque es la única que va quedando en una nación desfragmentada. Acaso Zapatero sea el que menos se puede quejar del abuso porque él mismo utilizó la efemérides para meterse en problemas cuando la famosa sentada ante la bandera estadounidense, pero un error sobre un error no es una solución, sino dos errores. Y además estas broncas deterioran la necesaria atmósfera de civilidad democrática que requiere algo tan sencillo y común como la fiesta nacional de un pueblo en torno a sus símbolos, su ejército y su bandera.
Tampoco pasa nada por unos gritos de repulsa —ayer fueron especialmente intensos en decibelios— y unos silbidos a destiempo; sólo que vienen a dar la razón a quienes consideran que el patriotismo es un reducto de exaltados y que estos protocolos constituyen una reliquia anacrónica, como probablemente sea la íntima convicción de un gobernante educado política y sentimentalmente en la pereza ante los tatachines que retrató Brassens en «La mauvase reputation». Pero un asunto es que a ZP le cueste visiblemente desinhibir sus prejuicios ante un ritual del que descree y otro bien distinto que algunos ciudadanos conviertan en pasión arrojadiza la efemérides de una patria a la que entre unos y otros zarandeamos a base de prejuicios ofuscados, banderías de trinchera y obsesiones ideológicas mal asimiladas. Desde luego si se trata de la Fiesta Nacional es muy español esto del griterío, el pateo y la escandalera, muy genuino de nuestra condición intransigente y pendenciera y de esa arraigada cultura del enfrentamiento que sorprendió a Malraux y Brenan; en ese sentido estamos ante una expresión muy contundente de idiosincrasia autóctona. Lástima que entre nuestros rasgos identitarios nunca se mencione la educación, el respeto y la buena crianza. Quizá algún día. Mientras tanto convendría incluir el abucheo en la etiqueta oficial y construir una tribuna al efecto para ir consolidando tan avecindadas tradiciones.
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