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Mientras se dispara la oferta y la demanda de alquiler de habitaciones, los perfiles de los arrendatarios y las formas de vivir en un piso compartido cambian: Aparecen singulares fórmulas de regateo y se llega a triplicar la edad de los alquilados
Alquiler a prueba de crisis
Martes, 13-10-09
La oferta y la demanda de alquiler de habitaciones se ha incrementado en el último año, y con ella la agudeza para conseguir precios más ajustados al bolsillo o encontrar inquilinos a toda costa. Comienza el curso universitario y vuelven a la capital los estudiantes de todos las puntos de España y del mundo. Mientras residencias y colegios mayores cuelgan el cartel de completo —con cuotas mensuales desde los 750 euros hasta los 1.200—, otros intentan dormir bajo un techo con una opción más económica: el alquiler.
Pero los aires de la crisis han traído consigo un nuevo tipo de arrendatario que ya no se ajusta exclusivamente al de gente joven que cursa estudios. Algunos, incluso, comienzan a utilizar técnicas de regateo para conseguir un precio más barato.
Es el caso de Laura Rodríguez. Tiene 28 años y trabaja como profesora de inglés y traductora. A principios de mes colgó un anuncio en un portal inmobiliario en el que buscaba una habitación por la que estaría dispuesta a pagar un precio máximo de 350 euros. Aprovechando su formación y su perspicacia, incluyó una salvedad: «Si quieres practicar tu inglés, soy bilingüe y puedo comprometerme a hablar solamente en inglés mientras dure la convivencia». Laura aclara que llevaría a cabo este compromiso «si me bajan el presupuesto 100 euros al mes, que las clases de inglés no están nada baratas», comenta jocosa.
«Hay más oferta de habitaciones este año en los tablones de anuncios de la Ciudad Universitaria que nunca y eso nos está afectando a que tengamos menos demanda», advierte una trabajadora de Euroroom, una empresa dedicada a alquilar habitaciones de pisos propios a estudiantes. Y es que la oferta y la demanda de alquiler de habitaciones en pisos compartidos se ha incrementado con respecto al año anterior.
Según anuncia Idealista, un portal de internet dedicado a este sector, la oferta ha aumentado un 67,2% en el último año y la demanda un 51,4%. Pese a que su estudio apunta que la edad media de las personas que comparten piso en las grandes ciudades españolas es de 27 años, los hay que pasan de largo, muy de largo, este dato.
Sexagenario en paro
En otra web dedicada al alquiler de habitaciones se encuentra el anuncio de Francisco Martínez, un sevillano de 64 años que se quedó sin su trabajo de profesor de autoescuela en su ciudad hace siete meses. «Vine a Madrid a probar suerte, pero el sector está muy complicado, y con mi edad, aún más».
Soltero y sin hijos, estuvo viviendo seis meses en casa de su hermana. El sofá que le cedían lo ha cambiado hace unos días por la calle. «Ya no podía abusar más de la caridad de mi familia y no tengo otro sitio más donde quedarme que a la intemperie».
Su anuncio en la web reza: «Caballero formal, serio, responsable, solvente económicamente —hasta entonces— y con referencias busca habitación para alquilar en Francisco Silvela o cualquier zona céntrica de Madrid». Desde que el 4 de septiembre publicó el anuncio, no le ha llamado nadie. Francisco, que describe su situación como «lamentable», aclara que aún no está «como un mendigo porque me aseo en un garaje de la zona». Busca trabajo de lo que sea. «No he cotizado lo suficiente como para jubilarme. Necesito encontrar cualquier trabajo legal», comenta desesperado mientras camina sin rumbo por los aledaños del intercambiador de Avenida de América.
Dos por una
Tanto a un lado como a otro, el del arrendatario y el del arrendador, se encuentran formas recurrentes para vivir bajo un techo capeando la crisis. Juan Ricardo Sanz y su novio, ambos de 20 años, vienen a estudiar y a trabajar a la capital. A principios de mes anunciaron en internet su interés por encontrar una habitación donde poder dormir ambos.
Están dispuestos a pagar un máximo de 250 euros por cabeza con todos los gastos incluidos. «Nuestra idea inicial era una habitación individual para cada uno, pero no hay mucho presupuesto y compartir una misma habitación nos sale más rentable».
Todo por 300 euros
A Pilar se le quedó muy grande su casa de Cuatro Caminos cuando se casaron sus cuatro hijos. Empezó a albergar a una sobrina en 1999 que le proporcionaba una ayuda económica, y de ahí pasó a alquilar las habitaciones a jóvenes estudiantes. Pilar y su marido están jubilados y la pensión es «muy escasa con los gastos que acarrea esta casa —de más de 150 metros cuadrados—. Viene bien el dinero, aunque no lo hacemos como un negocio».
Lo cierto es que Pilar se desvive con sus inquilinos. «Son como de la familia». El precio incluye pensión completa: lavandería, planchado, limpieza... «Y si les tengo que coger unos bajos se los arreglo, como si tengo que coser un botón», especifica Pilar.
Ahora tiene a tres jóvenes en su morada. Miguel Ángel, de 24 años, llegó hace un año a casa de Pilar. Le cobran 500 euros por el alquiler de una habitación doble totalmente equipada. María, la novia de Miguel, se incorporó a principios de verano para compartir la misma habitación. «La chiquilla no gana mucho, ¿cómo le voy a cobrar más de 300 euros?», lamenta Pilar.
María cuenta que cuando llega tarde de trabajar, Pilar le prepara la cena recién hecha: «No te controla como una madre, pero te mima como una abuela. Si algún día me apetece chocolate o cualquier cosa, me lo trae ese mismo día. Está en todo».
Como si de un hotel se tratara, cuando la comida está lista, Pilar golpea suavemente la puerta de la habitación de sus arrendatarios y ellos salen con la bandeja a por el «menú». La filosofía de Pilar es tratar a sus ocupantes como a sus propios hijos. «Cómo les voy a dejar que cuando vengan cansados de trabajar se pongan a hacerse unos filetes...», dice alarmada. «A mí me gustaría que a mis hijos los tratasen bien. Del mismo modo yo trato a los chiquillos», explica.
Como dijo René Descartes: «No basta con tener buen ingenio; lo principal es aplicarlo bien», y parece que, cuando las prisas arrecian y la economía ahoga, siempre se encuentra una alternativa.
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