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La muerte a manos de soldados de Estados Unidos del comandante que al parecer ordenó el ataque que costó la vida al cabo Cabello ha hecho aumentar el peligro de que se produzcan nuevas ofensivas contra las fuerzas españolas que tienen su base en Herat
Aumenta el peligro en Herat
Lunes, 12-10-09
«Ahora van a empezar los problemas de verdad», asegura Ali mientras cierra la persiana de su pequeña tienda en la carretera que lleva a Shinwasan, lugar en el que el pasado miércoles perdió la vida el cabo Cabello tras pisar su vehículo una mina. Una nube de polvo anuncia la llegada de un convoy americano a este lugar en el que se mantiene una «operación de limpieza» de insurgentes abierta desde hace tres días. Las calles de la aldea están desiertas, una imagen muy diferente a la del sábado por la tarde cuando miles de vecinos se dieron cita para dar el último adiós a Gholam Yahya, el comandante de la insurgencia abatido por las fuerzas especiales estadounidenses acusado de ser el culpable de los ataques contra las tropas internacionales. «Era un buen hombre, muy bueno, el único capaz de darnos algo de seguridad», repite una y otra vez Ali antes de desaparecer por una de las cavidades de su pequeña tienda de adobe.
«¿Qué seguridad nos van a dar los extranjeros si nunca salen de su base? Se pasan el día dormidos», critica con dureza Abdul Mattin, el líder tribal de la zona escoltado por sus dos lugartenientes, Abdul Karim y Faizal Ahmed. Pese a estar a unos pocos kilómetros de la gran base de la OTAN en la que se mantiene desplegado el grueso de fuerzas española en el país, asegura que «nunca un militar extranjero ha venido a preguntarme cómo van las cosas. Parece que nos tienen miedo, pasan de largo». No sabe si en la base hay españoles, italianos, turcos o rumanos. Aquí no se ve la mano de las agencias de cooperación por ninguna parte. Las casas son de adobe, no hay electricidad y el té se calienta sobre la brasa. Reciben al extranjero con hospitalidad, pero con la desconfianza de quien sólo ha visto occidentales vestidos de militar. «Son unos días muy complicados, sobre todo a partir del canal», dice Mattin mientras señala en la dirección a la que se han dirigido los americanos. Nuevos señores de la guerra locales como Habibulah Mugul esperan a que los soldados americanos se retiren para imponer su ley, «y no tendrá piedad con los que apoyamos a Yahya», lamenta Mattin.
La visión de las Fuerzas de Seguridad afganas e internacionales sobre comandantes como Yahya, del que dicen fue quien ordenó la colocación de la mina que mató al cabo español, es radicalmente opuesta. El concepto del comandante está muy arraigado en una sociedad como la afgana y especialmente en zonas rurales como Guzhara en las que rige esa mezcla entre «sharia» (ley islámica) y costumbres por encima de cualquier ley que se apruebe en Kabul. Son ellos los encargados de impartir justicia, controlan con mano de hierro las comunidades «y por eso ahora estamos ante un momento muy delicado. Ha caído una especie de gran padrino y el resto de familias tratan de hacerse con su lugar», advierte un experto de seguridad.
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