Vacaciones en Europa, ropa de marca, complementos de lujo, discotecas futuristas, reservados para «gente guapa», tiendas extravagantes y clubs de élite. Así es la «dolce vita» de la aristocracia china

Actualizado Domingo, 11-10-09 a las 06:07
Tras el crucero por el Mediterráneo que emprendió en enero para celebrar con buen pie la entrada en este convulso Año del Buey, el señor Li, el nombre ficticio que utiliza un acaudalado hotelero de Pekín para evitar problemas con Hacienda, acaba de regresar de su semana de vacaciones en Austria por el Día Nacional de China. En Viena no ha asistido a ningún concierto de música clásica en la Opera o el Palacio de Schoenbrunn, pero su esposa se ha traído varios bolsos de Prada -«auténticos, por supuesto», dice ella casi ofendida cuando se le pregunta- y un par de relojes Cartier que les han costado una fortuna. Pero el dinero no es problema para esta pareja, ya que forman parte de los 825.000 millonarios que, según ha difundido recientemente la revista «Hurun», hay ya en la otrora humilde China comunista.
Para efectuar dicho cálculo, la publicación ha realizado un estudio en el que ha localizado a los potentados con fortunas superiores a los 10 millones de yuanes (más de un millón de euros). Un baremo que convierte a Li en multimillonario, ya que su céntrico hotel de Pekín, sus propiedades inmobiliarias y su agencia turística están valoradas en más de 100 millones de yuanes (10,2 millones de euros). Todo ello a pesar de -o, precisamente, debido a- que su familia pertenece al Partido Comunista y en este país los negocios y el poder político están íntimamente relacionados.
Mientras el mundo entero intenta superar la peor recesión desde el «Crack del 29», sigue aumentando el número de los nuevos ricos chinos, que se ríen a mandíbula batiente al preguntarse «¿Clisis, qué clisis?». La prestigiosa revista económica «Forbes» calculó que en 2006 había 15 magnates con más de 1.000 millones de dólares, pero sólo un año después eran ya 108. En ese momento, el número de chinos con más de un millón de dólares era de 345.000, menos de la mitad de los 825.000 «detectados» ahora por Rupert Hoogewerf, el experto fundador de «Hurun».
Para satisfacer a esta ingente masa de nuevos ricos, en las ciudades chinas han proliferado toda clase de urbanizaciones, galerías comerciales, restaurantes y bares de lujo. En Pekín se lleva la palma el «Lan Club», un descomunal y barroco local decorado por el diseñador francés Phillipe Starck con lámparas de araña, cuadros en el techo, sofás de varios metros tapizados con piel de vaca, sillas con águilas talladas en la madera y vitrinas con todo tipo de artículos de lo más «kitsch», desde fotos de antiguas estrellas de la ópera china y el cine indio hasta velas religiosas con la leyenda «Jesús te ama». Con una zona de reservados para cenar íntimamente -o lo que a uno le dé la imaginación- tras la privacidad que ofrece una cortina circular de terciopelo rojo, los detalles están cuidados al máximo hasta en los servicios, forrados de espejos y que más bien parecen una sala de estar por el sofá y la mesa rococó que acompañan al retrete de diseño y al lavabo con sensor automático.
Chivas de 18 años con té rojo
Cada fin de semana, la gente guapa de la capital china se congrega en el exclusivo «Block 8», el animado «lounge» del selecto restaurante japonés «Haiku», y en «Xiu», una discoteca con vistas a los futuristas rascacielos de Guomao y donde a veces es difícil distinguir a las prostitutas de lujo de las novias de los millonarios. Sentadas en los reservados del local en torno a mesas presididas por botellas de 15 litros de Chivas de 18 años, que luego mezclan con té rojo mientras juegan a los dados, las bellísimas amantes de los magnates brillan en la noche pequinesa gracias a sus esculturales piernas, realzadas por unos vertiginosos zapatos de tacón, y sus vestidos ajustados y reducidos a la mínima expresión de una minifalda. Y es que todo, incluyendo las relaciones humanas, está a la venta en la nueva China comunista.
En Shanghai, la megalópolis más moderna y cosmopolita del gigante asiático, la emergente «aristocracia china» prefiere el club «Yongfoo Elite», pero también destacan otros establecimientos de moda como «Mint», que luce una pecera de 20 metros llena de tiburones pequeños. Mención aparte merece la discoteca «Sin», donde se puede disfrutar de la última música «tecno» mientras por sus amplios ventanales se contempla a vista de pájaro una ciudad plagada de futuristas rascacielos góticos y luces de neón que parece sacada de la película de ciencia ficción «Blade Runner». Nada mejor que acompañar estas espectaculares vistas con una copa de champán, a ser posible «Dom Pérignon» o «Bollinger».
Para las compras, las esposas, novias y concubinas de los nuevos ricos acuden en masa al centro comercial Shin Kong Plaza de Pekín, donde se concentran las boutiques de Prada, Bulgari, Armani, Louis Vuitton y Versace junto al «delicatessen» de Fauchon y los exclusivos hoteles JW Marriott y Ritz Carlton. Cada domingo, sobre todo en primavera y verano, el «brunch» (desayuno al mediodía porque madrugar es de proletas) y el té de la tarde congregan a la «creme de la creme» en sus terrazas, saboreando las exquisiteces que los camareros traen de sus relucientes cocinas de acero inoxidable no en bandejas, sino en pequeños muebles chinos con varios departamentos.
Como si fueran mandarines del siglo XXI, ellos se relajan jugando al golf en el club Dayunhe, donde hacerse socio cuesta 500.000 yuanes (51.130 euros), y recuperan fuerzas bebiendo el carísimo vino de arroz «Moutai» y comiendo las prohibitivas sopas de aleta de tiburón y de nido de pájaro, famosas por sus propiedades afrodisíacas.
«China ha estado mucho tiempo cerrada y ahora podemos permitirnos el lujo de vivir bien gracias a la política de apertura y reforma, así que por qué negarnos», se pregunta encogiéndose de hombros el señor Li en torno a una mesa con cristal giratorio donde se acumulan las más deliciosas viandas. Aunque el almuerzo se celebra a las once de la mañana, el empresario ya lleva varias copas de ron con coca. «Gan bei», propone un brindis por la nueva China del progreso y el crecimiento económico, que sin embargo no ha sonreído a todos por igual y ha dejado atrás a millones de campesinos y «mingong» («currantes») que se parten el espinazo de sol a sol por míseros sueldos mensuales de menos de 100 euros.
Paraíso del coche de lujo
Mientras este incansable hormiguero humano sigue levantando futuristas rascacielos como la torre de la televisión CCTV en Pekín, estadios olímpicos como el «Nido», aeropuertos diseñados por sir Norman Foster y «scalextric» de autopistas con varios niveles, la nueva élite del «dragón rojo» tampoco escatima en gastos a la hora de moverse. El millonario Li conduce un Porsche Cayenne y su esposa un BMW 530. Si algo distingue a los «nuevos ricos» chinos, son sus coches de alta cilindrada y sus villas a las afueras de Pekín, donde destacan las del complejo residencial Mei Gui Yuan en la autopista a la Gran Muralla.
En un inmenso mercado que ya ha superado a Japón como el segundo consumidor mundial de artículos de lujo, Rolls Royce vende cada año más de un centenar de sus exclusivos modelos en China, mientras que Bentley supera los 300. Aunque todavía son una minoría los chinos que pueden permitirse el lujo de ponerse al volante de un automóvil, los atascos de las grandes ciudades están atestados de Audis A6 negros y con las lunas tintadas (el coche oficial del Partido Comunista), Mercedes, BMW y hasta potentes deportivos de las marcas Ferrari, Lamborghini y Porsche. Entre coches, propiedades, viajes, joyas, jade, muebles antiguos y arte contemporáneo, el gasto medio de la «aristocracia» china asciende cada año, según la revista «Hurun», a 5,7 millones de yuanes (582.988 euros). A golpe de talonario, así transcurre la «dolce vita» de los nuevos emperadores rojos de China.


